La polinosis o fiebre del heno, popularmente conocida como alergia al polen se produce cuando las mucosas del cuerpo entran en contacto con los pólenes de las plantas anemófilas (que polinizan por el viento). Se trata de una enfermedad autoinmune.

El sistema inmunitario está constituido por un conjunto de células que circulan por la sangre. Su función es reconocer la entrada de elementos extraños (bacterias, virus, pólenes) y organizar una defensa frente a ellos.

Habitualmente la reacción que el organismo produce frente a estas sustancias es de baja intensidad e imperceptible. En las personas alérgicas los elementos extraños desencadenan una respuesta exagerada, que genera síntomas diversos y variados en distintas partes del cuerpo.

En el caso de quienes padecen polinosis los síntomas afectan diversas partes del cuerpo: en los ojos conjuntivitis, picazón, fotofobia, lagrimeo, coloración rojiza de la conjuntiva, hinchazón y sensación de arenilla. En la nariz rinitis picazón, estornudos a repetición, obstrucción y mucosidad transparente. En las vías respiratorias asma, picazón y cosquilleo en la garganta, carraspera, tos y expectoración. Además produce fatiga, cansancio, depresión, sensación de fiebre y escalofríos.

Debido a que la sintomatología es similar a la de la gripe, no se realiza el tratamiento correcto y sólo se suministran antihistamínicos, corticoides y antibióticos para paliar las reacciones. Esto "camufla" la enfermedad haciendo que se torne cada vez más crónica.

La causa de la polinosis se debe a una predisposición genética hereditaria, razón por la cual es muy difícil de controlar.

La vegetación que mayor alergia produce son las gramíneas, el olivo, el pino, el abedul, los plátanos y las moras; estos dos últimos muy habituales en San Juan.