El pasado jueves 25 de octubre, en el Hotel Elevage de la Ciudad de Buenos Aires se presentó el nuevo libro, dicha presentación estuvo a cargo del Dr. Adalberto Rodríguez Giavarini, excanciller de la República Argentina y actual Presidente del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI). La fe es una puerta que nos abre nuevos senderos. En un mundo donde existe una "decadencia" del hombre, como consecuencia del devenir social, se produce un cambio del clima espiritual. El presbítero José Manuel Fernández responde a Revista Oh! algunos puntos propios de la vida cotidiana en la cual el hombre es el protagonista principal.

-¿Qué es la fe? ¿Por qué se instituye el Año de la Fe?

-Antes que dar una definición de esta virtud teologal, que tal vez pueda resultar compleja, debemos acudir al lenguaje sencillo para afirmar que es una entrega confiada y libre a un Dios que es Padre, y porque es Amor, hace que no se le tenga miedo. Es adhesión a un "Tú" que me dona esperanza y confianza. Cierto, esta adhesión a Dios no carece de contenidos que se expresan en el Credo, pero eso es posterior. Lo primero es descubrir que Dios tiene un rostro y que se ha hecho cercano a todo hombre. Tener fe, entonces, es encontrar a este "Tú". Es confiarme a él con la actitud del niño, quien sabe bien que todas sus dificultades, todos sus problemas están asegurados y se resuelven en el "tú" de la madre. En definitiva, la fe no es algo que se "tiene" sino Dios que nos "sostiene". Cuando Benedicto XVI convoca al Año de la Fe desea que la Iglesia se redescubra como comunidad de encuentro, con la puerta de la fe siempre abierta y la luz de la esperanza encendida. Este encuentro es el que debe ser testimoniado y anunciado por una Iglesia que debe dejar atrás el paso cansino y lento, para salir sin complejos, a la búsqueda de todos. Me impresiona cuando Jesús se encuentra con el ciego Bartimeo que estaba al borde del camino. Lo manda llamar, pero no le pregunta sobre su condición moral o sus pecados, sino simplemente: "¿Qué quieres que haga por ti?". Es un Dios que no avasalla y que siempre pide permiso para entrar en el corazón del hombre, pero que anhela salvar e incluir, de lo contrario seguiría de largo.

-¿Cómo se encuentra el hombre hoy frente a la fe?

-Me atrevo a decir que todos los hombres tenemos necesidad de significado y de esperanza, porque de lo contrario la vida se transforma en hastío devorador y en tiniebla angustiante. Benedicto XVI ha representado al hombre posmoderno como un ser que camina por el desierto con su cántaro vacío en busca de una fuente de agua que sacie su sed de infinito. Este ser que busca sentido de trascendencia se encuentra a veces con opciones sincretistas o mezclas de claro tinte relativista, donde nada es absoluto y todo cambia. Allí el hombre se puede "autofabricar" su religión a gusto y placer. Le ofrecen una alternativa para saciar su sed, pero donde hay pluralidad de "productos" que él se puede "servir", sin mayores exigencias de conversión de vida. Claramente luego descubre una frustración más, que en vez de ayudar a su realización le dejan un sabor amargo en el corazón. La Iglesia no debe soslayar esta sed del hombre y debe convertirse en una fuente en la que ofrezca a Cristo como el agua viva que descubrió la Samaritana. También es cierto que un necio esnobismo lleva a muchos a querer etiquetarse de agnósticos o ateos, como que es lo políticamente correcto hoy y lo que da cierto aire de intelectualidad. Al 90% de quienes se proclamaban "profesantes" del agnosticismo, les pregunté qué significaba esto y no me supieron dar una respuesta. La ignorancia religiosa es notable en un mundo que quiere hacer abstracción de Dios o vivir como si Dios no existiese, presentándonos a los creyentes la ocasión propicia de testimoniar la "gramática de la fe".

-¿Cómo observa la realidad de la juventud actual?

-No hay que demonizar a los jóvenes. La mayoría tiene riqueza de valores y es eso lo que no se debe soslayar. Una reciente encuesta de la consultora Poliarquía señala que para un o una joven menor de 18 años, de clase media o baja en Argentina, que en un 70 % acude a escuelas de gestión estatal, lo que le preocupa en primer lugar es la droga, y le sigue la inseguridad. Lo que más valora en su vida es su familia: un 82%. La política no le interesa. Es un nativo digital que no ve tanta televisión ni suele leer los diarios. Prefiere pasar su tiempo libre escuchando música o en compañía de sus amigos. En temas aún más sensibles, como la despenalización del aborto o del consumo de drogas blandas como la marihuana, se percibe, en cambio, una opinión más polarizada aunque con altos grados de conocimiento sobre la cuestión. En ambos casos, la balanza se inclina levemente hacia el lado de quienes están en contra. Respecto del aborto, el 49% dijo estar en contra de la despenalización, mientras que el 42% se mostró a favor. En materia de consumo de drogas blandas, el porcentaje en contra de la despenalización fue del 53% y el 44% a favor. Más rechazo cosechó la propuesta de que los jóvenes de 16 y 17 años puedan votar: el 62% dijo no estar a favor y sólo el 35% sí. Entonces, ¿tan mal está la juventud? No. Somos los adultos quienes en verdad deberíamos escucharlos más y con mayor atención para saber cómo ayudarlos a través del servicio educativo. Más que votar a los 16 años claman por una libertad que los realice a nivel integral. Están cansados de ser manipulados al servicio de ideologías corporativas o esclavizantes demagogias. Una vez al mes voy a celebrar Misa a la Villa 31, y es lo que escucho que me dicen adolescentes y jóvenes que viven en la marginalidad o la pobreza humillante. Más que cuestionarnos a dónde va a ir a parar nuestra juventud, preguntémonos los adultos a dónde queremos que ellos vayan.

-¿En la actualidad muchas personas buscan en otros movimientos la necesidad de satisfacer sus necesidades espirituales?

-Hace dos meses visitó nuestro país el gurú indio Ravi Shankar y se congregaron 150.000 personas en Palermo para meditar y aprender a respirar. Estos líderes surgen porque hay necesidades espirituales de la humanidad. Según pude saber, su Fundación "El Arte de Vivir" organiza cursos que apuntan a eliminar el estrés y reducir la violencia, fomentando el desarrollo saludable del individuo para que cada persona pueda alcanzar su máximo potencial y vivir con salud física y mental a través de dos herramientas: la meditación y la respiración. Pero ¿sobre qué se medita? ¿Se busca sólo una energía superior? Considero que son métodos para alcanzar armonía interior, lo cual es positivo. Pienso que el hombre de hoy vive un vértigo que le hace perder la paz y el equilibrio interior, por eso busca soluciones a esta realidad a veces dramática. La Iglesia debería enseñar a sus fieles el camino de la "lectio divina’, metodología de reflexión y oración de un texto bíblico, que se hace en silencio y contemplativamente e ideado por los monjes católicos en el Medioevo para lograr paz interior y encontrar a Dios.

-El valor del amor, ¿se vive como antes?

-El sociólogo polaco Zygmunt Bauman acuñó el término "amor líquido" para referirse a la pérdida de solidez de las relaciones humanas en los tiempos actuales. El amor ya no es algo firme e inamovible, sino un fluido que se vierte de un recipiente a otro sin acabar nunca de cuajar. Hay una manera superficial de relacionarse que se queda en el deseo pero no pasa al amor. Enamorarse es encontrarse a uno mismo fuera de sí mismo. Hoy muchos cónyuges no salieron de ellos por eso vienen las rupturas. No puede haber amor cuando hay dos egoísmos encerrados. Amor es encuentro y perdón. El psicoanalista Erich Fromm, en su obra "El arte de amar" reflexiona sobre la naturaleza del amor concebido como arte, es decir, como algo que debe ser aprendido y cultivado, no como un bien de consumo.

-¿Cómo se logra la grandeza del alma?

-Eso es lo que indica el término "magnanimidad". Diría que se logra con la paciencia que sabe esperar y el deseo de no condenar a nadie, buscando salvar a todos. Cuando San Pablo afirma que el amor es "paciente y benigno" emplea el término griego "makrothyméi" que significa "alma grande". Es que amar equivale a agotar todos los medios posibles para salvar, antes que condenar. El amor no tiene la mirada estrecha del necio, sino amplitud como la del corazón de Dios. Agradezco a los salesianos donde hice el colegio primario y secundario. Aplicando el método preventivo de Don Bosco nos educaron no con la ira del castigo sino con la grandeza de la ternura que anticipa, previene, acompaña y asiste. El santo de Turín es un ejemplo de grandeza que buscó agrandar el alma de todos aquellos que encontró en su camino.

-¿Estamos capacitados para perdonar?

-Claro que sí, pero aclarando que el perdón no es cuestión de sentimientos sino de voluntad. No se trata de que lo sienta o no, sino que esté decido a restaurar la unidad. Toda ofensa encierra de algún modo una vulneración de la verdad y del amor. La ofensa es una realidad, una fuerza objetiva que ha causado una destrucción que se ha de remediar. Por eso el perdón debe ser algo más que ignorar u olvidar. Pero claro, la ofensa tiene que ser subsanada, reparada y, así, superada. El perdón cuesta algo, ante todo al que perdona: tiene que superar en su interior el daño recibido, debe como cauterizarlo dentro de sí, y con ello renovarse a sí mismo, de modo que luego este proceso de transformación y de purificación interior, alcance también al otro, al culpable, y así ambos, sufriendo hasta el fondo el mal y superándolo, salgan renovados. El resentimiento solo crea agresividad y deseo de venganza; el perdón regala paz al corazón y en ciertos casos más vale perdonar que querer tener razón.

-La felicidad del hombre, ¿por dónde pasa hoy?

-Todos tenemos derecho a vivir, para lo cual se requieren salarios justos, justicia social y un trabajo digno. Pero hemos entrado en una vorágine por tener cada vez más cosas, a veces innecesarias, aturdidos por una propaganda de consumo hasta el hartazgo. Se pretende lograr poder económico sacrificando incluso la ética. Creemos que eso es la felicidad. Representa al hombre avaro de todos los tiempos aquel sujeto de la parábola del evangelio que había tenido cosechas abundantes y sólo pensaba en cómo disfrutar él solo. A su lado no hay ninguna otra persona. Un hombre solo pero infeliz, porque la felicidad depende de dos cosas: nunca puede ser solitaria y siempre debe ser solidaria. Aunque las sociedades occidentales son relativamente más ricas, la gente no es más feliz por ello. La felicidad consiste en la administración inteligente del deseo, una buena educación entre lo deseado y lo conseguido. Hay algo que podemos llevar con nosotros luego de la muerte, y no son los bienes, porque la mortaja no tiene bolsillos, sino las obras; no lo que hemos tenido sino lo que hemos dado. Como enseña el escritor catalán Eduardo Marquina: "Oro, poder y riquezas, muriendo has de abandonar, que al cielo sólo te llevas lo que des a los demás".

-Además de cumplir una función docente, usted trabaja con los enfermos. ¿Hay algún hecho que lo haya marcado?

-No sólo uno sino muchos. Créame que me parte el alma todos los días visitar a los niños internados en la sala de Neonatología del Sanatorio Otamendi. Veo seres tan pequeñitos, vulnerables, pero con una fuerza y ganas de vivir increíbles, acompañados por esos ángeles que son las enfermeras y los padres, gracias a los cuales muchos superan el sufrimiento físico. Recuerdo que hace unos años una mujer tuvo un niño con síndrome de Down y pedía que le aplicaran una inyección para morirse porque no podía aceptar esa prueba. Por supuesto que no se hizo caso a lo que solicitaba. El padre abrazaba y besaba con una ternura extraordinaria a su hijito. La madre nunca quiso verlo. El matrimonio se separó y esa criatura vive estimulado y acompañado, por su papá y sus hermanos, pero no por su madre.