Para ella, entrar a la bodega es viajar en el tiempo, transportándose a través de los olores, sabores e imágenes que poblaron su infancia. Teresita Graffigna reconoce que nunca se fue del todo de ese barrio donde nació, la zona de Desamparados en la que todo el terreno tenía relación con la bodega que fundó su abuelo, don Santiago Graffigna y de la cuál su padre -el menor de los hermanos varones- fue su enólogo por 40 años.
Pese a las afirmaciones, Teresita sí se fue de San Juan. Tenía 23 años cuando armó las valijas que la acompañaron por un largo peregrinar por distintos lugares. El rincón más recóndito que eligió para vivir fue España y por un lapso de 13 años. También se afincó en San Telmo (en Buenos Aires), Córdoba, entre otros puntos cardinales, que inspiraron su pintura, el metié que la constituye tanto como su pasado productivo familiar.
"Viví muchos años afuera de la provincia pero creo que con mi arte nunca me fui de San Juan. Siempre me costó armar los verdes porque yo soy del desierto y quizás por esa razón nunca pude apropiarme de los verdes, cosa que no me pasa con los colores de las uvas, el sol y las montañas que caracterizaron mi infancia, una etapa fundante para todo ser humano. No sé por qué pero cada cosa que fui pintando en los diferentes lugares por los que pasé tiene un sello de San Juan, serán las añoranzas", dice como confesándose la mujer que empezó a pintar desde pequeña y nunca más dejó que los colores se fueran de su rutina. Si bien no estudió formalmente, pasó por los talleres de Jane Volspiansky, el profesor Lenzano y Mirta Chena, entre otros, lo que le sirvió para reforzar su vocación y tener más herramientas para enseñarles a niños.
Hacía por lo menos 15 años que no mostraba el alcance de su arte en su provincia natal. La última vez fue para la galería que tenía la oficina de Turismo. Ahora que está nuevamente radicada en San Juan y de la mano de Elen Ugarte de Dubós y Stella Palmés de Maurín de la firma Arte Contemporáneo volvió a colgar sus cuadros para una exposición que tendrá lugar durante todo el mes de mayo. El lugar elegido no es un dato menor, justamente es en el museo de la Bodega Graffigna, ese lugar que es parte de sus grandes afectos.
La muestra en cuestión -que se ha adueñado de todas las paredes del wine bar- son una muestra de la versatilidad de Teresita: hay desde paisajes con un sello netamente localista -de hecho son tan reales que es fácil reconocer un tramo del camino a Pismanta o la carretela que todavía conservan algunas familias en sus pinturas- hasta un único tapiz que se expone en esta oportunidad y que deja traslucir las raíces autóctonas. También se pueden ver petroglifos precolombinos, una serie de grabados que hizo en un papel especial "que da la sensación de papiro antiguo", tal como describe la artista, mientras vivía en España, inspirada por los 500 años del descubrimiento de América. En estas pinturas se pueden distinguir algunas imágenes que rescata de Catamarca pero también su paso por Guañizuil, Ischigualasto, y algunos sitios de Mendoza. Allí está estampado el hombre, pero también sus guanacos y las plantas de maíz.
"Sentía una gran deuda con la América profunda por eso hice estos grabados para dejar un mensaje de pertenencia a esta tierra, una invitación para que nos ocupemos de nuestros orígenes", explica la mujer atravesada por un gusto especial por la historia y la arqueología.
Además en las paredes de adobe de la bodega están sus cuadros de pájaros americanos, casi como una paradoja de quien vuela por los aires pero siempre vuelve a su mismo lugar.

