El devastador terremoto de Haití ha trastocado los modestos indicios de progreso en el desarrollo de la empobrecida isla caribeña. Desechado en el pasado como un estado fallido, el Gobierno de Haití ya se venía ganado poco a poco la confianza de donantes e inversores a través de reformas económicas, esfuerzos para

erradicar la corrupción y mejorar las condiciones de vida del 80 por ciento de los haitianos que viven en la pobreza.

El ex presidente estadounidense Bill Clinton asumió personalmente la causa de Haití, convirtiéndose en un enviado especial de la ONU y visitando el país varias veces para exhibir su potencial a donantes e inversores.

Posteriormente, el FMI y el Banco Mundial cancelaron 1.200 millones de dólares en la deuda de Haití, liberando fondos para el Gobierno para dedicar más dinero a la construcción de rutas, puentes y programas sociales.

Helene Gayle, responsable del grupo de desarrollo estadounidense CARE, dijo que “estas crisis y desastres tienen que tener respuestas a largo plazo para que no sigamos poniendo parches a las sociedades. Necesitamos asegurarnos de que vamos a reconstruir de forma que no sólo regresen a donde estaban”.

Yvonne Tsikata, directora del país para el Caribe del Banco Mundial, dijo que antes del terremoto los inversores extranjeros veían cada vez más oportunidades en Haití gracias a una ley estadounidense que permite que los tejidos fabricados en Haití entren en Estados Unidos sin aranceles.

“El terremoto realmente es una tragedia porque había una energía y una sensación fantástica sobre las perspectivas en Haití”, añadió.

Reconstruir Haití, sin embargo, “no significa únicamente reparar estructuras físicas, sino también invertir en salud y educación”, declaró. “Esto era un esfuerzo a largo plazo que podría llevar entre dos y cinco años”, añadió.