Unidos por un pasado en común

‘Les transmito mi experiencia. Les cuento mi historia, que es muchas veces parecida a la de ellos. Esa es la mejor herramienta para acercarme y sacar lo mejor de estos chicos, que ya son mi familia‘, dice Javier Silva, un hombre de 44 años que está a cargo del Instituto Nazario Benavídez, destinado a albergar a los menores de edad que se encuentran en conflicto con la ley penal.

Para Javier, es imposible no generar un vínculo emocional con los internos, a los que ve como a sus propios hijos. Asegura que éste es el mejor modo de ayudarlos. ‘Quizá a ellos les doy lo que nunca pude darles a mis hijos. Es un modo de hacerme mejor padre con el tiempo, de aprender a entregar, a contener y de aprender de esas personas que de algún modo dependen de nosotros‘, confiesa el hombre.

Javier comparte con estos chicos parte de su historia. Un pasado de adicción, de vivir en hogares sustitutos y de haber crecido en un sector marginal y oscuro de Buenos Aires, hace que entienda por lo que están pasando los adolescentes que llegan al Nazario Benavídez.

El hombre vive en San Juan desde el 2007 y llegó a trabajar en el Proyecto Juan, que también depende de Desarrollo Humano y está destinado a la rehabilitación de adolescentes con problemas de drogas. ‘Me crié solo, mi vida familiar no fue sencilla. Fui hijo único de una madre soltera que llegó a Buenos Aires cuando yo tenía 9 meses. Estuve en la calle y llegué a tocar fondo, pero salí.

Desde hace 10 años me dedico a trabajar con chicos que tienen problemas de adicción‘, cuenta Javier. Esta historia compartida con algunos de los internos (no todos tienen problemas con las drogas), hace que esté más cerca y entienda bien de qué se trata este tipo de vida.