Nacido en septiembre de 1943, Oviedo se formó como militar en Alemania, país hacia el cual siempre profesó admiración y respeto, y tenía el grado de coronel del Ejército paraguayo cuando le correspondió un rol central en el golpe contra Stroessner, a quien le tocó detener. Esa participación y algunas otras en sublevaciones posteriores lo llevaron a autodefinirse, casi irónicamente, como un ‘golpista democrático‘. 
Su extremismo y rebeldía en la Jefatura del Ejército lo llevó también hacia un derrotero judicial y a múltiples arrestos en unidades militares.
El 4 de febrero de 1998 el Tribunal Militar decretó la prisión para Oviedo y un mes después fue condenado a diez años de prisión militar por ‘comisión de delitos contra el orden y la seguridad de las Fuerzas Armadas y por insubordinación‘. 
El fallo disponía además la ‘baja absoluta‘ del Ejército, por lo que Oviedo perdió todos los honores recogidos durante su carrera castrense. 
Se refugió en la Argentina, donde se lo mantuvo confinado pero no se concedió la extradición solicitada por Paraguay, y a fines de 1999, al terminar el mandato del presidente Carlos Menem, pasó nuevamente a la clandestinidad. 
Se lo acusó de instigar un nuevo intento golpista que fue rápidamente sofocado, el 18 de mayo de 2000, y pocos días después fue detenido en Foz de Iguazú. Trasladado a Brasilia, permaneció preso un año y medio pero tampoco fue extraditado. 
En los años siguientes libró una verdadera batalla judicial, hasta que la Corte le otorgó la libertad el 31 de julio de 2007, cuando se cumplía la mitad de su condena por el golpe de 1996, y tres meses después dejó sin efecto la pena. 
Aunque reconocía la legitimidad de la gestión de Fernando Lugo, Oviedo siempre fue crítico de su tarea y hasta denunció que se le había ofrecido el manejo de cinco ministerios y 10 millones de dólares para que sumara sus fuerzas al Ejecutivo. Después respaldó el juicio político exprés que terminó, en junio del año pasado