El Whermacht (ejército) alemán atravesó la frontera polaca, el primero de septiembre de 1939, sin una declaración formal de guerra contra ese país, de mayoría católica, al que los nazis consideraban habitado por “subhumanos”.

Los alemanes utilizaron la táctica de la “guerra relámpago” (blitzkrieg), basada en que los tanques debían romper las líneas enemigas, con el apoyo de la aviación, tras lo cual ingresaría la infantería.

Quizá Hitler no pensaba que dos días más tarde los primeros ministros de Gran Bretaña, Neville Chamberlain, y de Francia, Edouard Daladiier, le declararían la guerra y así comenzaría la Segunda Guerra Mundial.

Pero hay algunos historiadores que dudan de este supuesto error del führer, debido a que en los años que precedieron a la guerra, Alemania había creado una potente fuerza aérea que en aquellos años no podía ser igualada por ningún otro país europeo.

Sin embargo, el temor de Hitler en realidad era que la invasión de Polonia pudiera alarmar al líder ruso, Josef Stalin, y provocar que la Unión Soviética ingresara en la guerra.

Hitler mandó a su ministro de Relaciones Exteriores, Joachim von Ribbentrop, a iniciar negociaciones secretas con la ex Unión Soviética y el 23 de agosto de 1939 se firmó un pacto de no agresión entre Berlín y Moscú. Días después se puso en marcha la invasión a Polonia.

Alrededor de 1300 aviones de la Luftwaffe, apoyados por 62 divisiones del ejército alemán, iniciaron la invasión a las 4.45 de la mañana, atacando la guarnición polaca de Westerplatte Fort, Danzig.

El führer expresó que los alemanes estaban sufriendo las consecuencias del Tratado de Versalles de 1919, firmado tras la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial. No obstante, Inglaterra y Francia ya habían aceptado en 1935 el rearme alemán lo que embarcó a Hitler en una nueva guerra.