San Juan, 24 de abril.- Desde los 4 y hasta los 11 años, Aldana Pelaitay no pudo pedirle permiso a su mamá para quedarse jugando un ratito más. Tampoco para ir a la casa de un compañero. Ni a un cumpleaños. Durante esos 7 años, pasaba 12 horas diarias conectada a una máquina de diálisis y al tiempo que le quedaba libre lo aprovechaba para ir a la escuela. Ella superó los obstáculos. El 9 de febrero pasado se sometió a un trasplante renal en el hospital Garrahan, que le permitirá liberarse de las máquinas y las sondas y, por fin, tener la vida de cualquier niño.

El nacer con sólo 6 meses de gestación afectó toda su vida. Según su mamá, Vanesa Allendez, eso le provocó una insuficiencia renal crónica y la deformación de sus huesos. Por eso, sus visitas al médico nunca pudieron cesar. A los 4 años sus riñones empezaron a necesitar asistencia y ella entró al mundo de la diálisis. Debía ir al hospital Rawson todos los días.

Con tanto estrés su mamá fue afectada por un virus llamado fascitis necrosante. Estuvo en coma 3 meses. Los médicos ya habían iniciado una terapia con sus tres hijos (Aldana y sus dos hermanos mayores) para prepararlos para su muerte. Pero, aunque perdió un brazo, contra todos los pronósticos, pudo salir adelante.

Sin embargo, el estar lejos de su mamá, afectó tanto a Aldana que su médico decidió enviarla al hospital de Buenos Aires. Allí decidieron prestarle a la familia un aparato de diálisis para que usaran en su casa. De ese modo, Aldana estaba desde las 20 hasta las 8, conectada a él.

La nena no se dio por vencida. Con el tamaño de un niño de 3 años y moviéndose en un triciclo, porque sus huesos no le permitían aprender a caminar, Aldana inició su vida escolar en la escuela Rojo, de Pocito. Recién en 3er grado logró moverse por sus propios medios.

A pesar de su esfuerzo, sus riñones dijeron basta a principio de año. Los médicos decidieron que era urgente un trasplante. “Fue un milagro. Antes de ingresar a la Lista de Emergencia Nacional, apareció un riñón. El ángel que ayudó a vivir era de Mendoza y tenía 17 años”, contó Vanesa.

Todo salió bien. El mes que viene, la nena volverá a San Juan, libre, sin máquinas. Y el año próximo podrá volver a la escuela. “Pasamos de todo, pero creo que Dios le dio fuerza a ella para superarlo y me dio vida a mí para sacarla adelante. Estamos felices”, dijo Vanesa desde la habitación del hospital mientras su hija dibujaba sentada en la cama.