El mediodía avanzaba manso para los casi 300 miembros del público de la Fiesta de la Humita, en la Villa Calingasta. Estaban tranquilos, arrullados por un playback de rock nacional. No tenían idea de que la adrenalina estaba a punto de estallar, por pura casualidad, para hacerles hervir la sangre a todos. Entre ellos liquidaba una empanada un tipo bajito, de jean y remera celeste, que había ido porque quería probar la tan promocionada humita del lugar. Y así como estaba, de pura onda, se subió al escenario, se sacudió el flequillo y convirtió la jornada en una explosión cuartetera. Era nada menos que Ricky Maravilla, que estaba en calidad de turista y que terminó brindando media hora de show gratuito junto a su pareja Natali, la "rickita" descendiente de japoneses.
Ricky y Natali se estaban hospedando en Villa Nueva, donde habían ido para escaparse de los ruidos de la ciudad durante la última Semana Santa. Y el sábado al mediodía, tras enterarse de la Fiesta de la Humita, decidieron ir en su auto hasta la plaza Patricias Sanjuaninas, en Villa Calingasta. Claro, no fue nada fácil para la pareja pasar desapercibida. En cuanto buscaron una mesa para pedir la humita, los reconoció todo el mundo. Y el petiso más famoso de la movida tropical, en zapatillas y sin lentejuelas, tuvo que posar para las cámaras familiares de los fans de turno.
Tanto revuelo estaba empezando ya a armarse en torno al cantante, que se le acercaron el intendente Robert Garcés y algunos funcionarios municipales, como el encargado de Turismo, Luis González, para saludarlo. Fue entonces cuando a Ricky se le encendió la lamparita del glamour: "¿Quieren que les haga una presentación? -le preguntó a Garcés- Gratis, ¿eh?", aclaró, y al intendente se le hizo agua la boca.
Ante el "sí" obvio e instantáneo, Ricky dio un trotecito hasta el auto y sacó de allí los cidís con las pistas grabadas de sus canciones más célebres, como Qué Tendrá el Petiso, Cuidado con la Bomba y Muchacha Sola. Volvió, atusó el flequillo a modo de cábala y subió a la tarima, seguido por Natali. Entonces, literalmente, la fiesta estalló.
La humita quedó enfriándose sobre las mesas mientras la gente se apiñaba al pie del escenario para bailar. Los que estaban más cerca hacían fotos, tan sorprendidos como incrédulos ante el show no anunciado que estaban presenciando. Y los que tenían más espacio, empezaron a armar el tradicional trencito fiestero del son tropical. Justo pasaba por la calle un grupo de motoqueros: todos vestidos en cuero negro, con tachas, tatuados y montados sobre máquinas infernales. Bastó que vieran lo que pasaba en la plaza para que se sumaran. Y el trencito creció con los motoqueros contoneando las caderas, tomados de la cintura de sus compañeros.
El show improvisado de Ricky Maravilla duró alrededor de media hora, y todavía quedaba la presentación de varias bandas locales. El bailantero dijo que no le importaba ir al principio o al medio, y no al final como se hace normalmente con los números más importantes en un espectáculo. Y mientras cantaba y daba sus pasitos clásicos, Natali acompañaba la coreografía sobre el escenario, con su blusa negra estampada flameando sobre su jean ajustado y al tono.

