Algunos jugaban a perseguirse, otros golpeaban los envases con sus tapas plásticas simulando una comparsa. A un costado de la fila, otros abrían los envases con el menú que les dieron, arroz con pollo, y hasta tomaban con sus manos uno de los trozos de pollo para asustar a sus compañeras de aula. Ellos, los alumnos de la escuela Provincia de Buenos Aires, en la Capital, ayer hacían la cola en busca del almuerzo con las narices húmedas y ninguno con barbijo. Las cocineras y hasta la directora de la institución de doble jornada no daban abasto para entregarles la porción a cada uno. Y en la fila apenas 3 padres, entre 50 niños, hicieron caso a la recomendación de la ministra de Educación, Cristina Díaz. Ella dijo que no habría clases en los establecimientos de doble jornada, que igualmente se entregaría la comida ahí y que era conveniente que los padres buscaran los alimentos y no los niños. La recomendación que bajó del Comité de Crisis oficial era que los padres buscaran esos alimentos para no exponer a los chicos al contacto que ya venían teniendo en las escuelas. Pero ayer la postal en este establecimiento era igual a un día común de clases: pasillos llenos de niños y hasta recorriendo las aulas. Los únicos aislados eran los padres dentro de sus casas. “A mí me mandó mi mamá”, dijo Carla, una de las nenas que concurre a esa escuela y se llevó su envase en una bolsa de supermercado. Un compañero, Gustavo, afirmó que “a mí me avisó la seño que podía venir a buscar la comida”. La institución educa a 250 chicos de 4 a 14 años y ayer “la mayoría fue a buscar el almuerzo”, reveló la directora, María Cristina Martínez. Agradeciendo por tener una semana más para jugar, los chicos llevaron el almuerzo a sus casas.
