‘Esos son mis tres dibujos, dos los hice acá mientras me hacía los controles y uno en mi casa. Me encanta dibujar y compartir con los chicos del hospital; es una manera de no llorar‘, dijo Ariadna Moncunill. A sus 7 años, ella luce en su pecho cicatrices de su larga batalla contra el cáncer. La nena, al igual que otros niños que tienen cáncer, expuso una serie de dibujos en el Hospital Rawson y mostró cuántas ganas tiene de seguir viviendo.
Cuando tenía poco más de un año su familia recibió el diagnóstico de que padecía leucemia. Verla crecer con la enfermedad fue una verdadera prueba para su entorno, ya que la nena combinó el tratamiento con medicamentos con sus primeros pasos y palabras.
Durante años pasó más tiempo con los médicos que con su papás. ‘Gracias a Dios, hoy puedo llevarla a casa. Tomar el colectivo y venir acá es más agotador para mí que para ella. Creo que su buen ánimo la llevó a superar los momentos más difíciles‘, dijo Rosana Prado, mamá de Ariadna. La pequeña no paró de señalar sus tres trabajos y se alternaba entre los juguetes y los médicos, que elogiaban su espontaneidad.
Cerca de ella, estaba Gabriel Alaniz. Tímido al principio, después sus gestos cambiaron lo invitaron a mostrar su dibujo. Detrás de su barbijo, se encuentra una historia que le cambió la vida a los 6 años. A esa edad, la leucemia lo separó de su familia en Niquivil y desde entonces, alterna sus días entre el hospital y una casa alquilada en la ciudad. Su cable a tierra ahora es el cariño de las maestras del Hospital y los voluntarios de Fundame. ‘Ya no estoy bajoneado ni siento miedo. En el hospital quieren que esté bien‘, dijo el chico. Liliana Fuentes, su mamá, agregó ‘volvió a jugar y reír. Se siente con ánimos para hacer cosas. Ahora, estamos en una etapa de superación de la enfermedad‘.
En tanto, en el mini salón de juegos, Micaela Páez compartía juguetes con su grupo de amigas, a las que conoció en el servicio de Oncología cuando recibía quimioterapia por una histocitiosis. ‘Se le inflamaba el hígado y no tenía defensas‘, detalló su mamá, Claudia Gramajo. Ahora, a sus 9, el pronóstico médico es alentador. ‘Ahora puede correr y bailar cumbia con sus hermanos. ¿No?‘, le dijo Claudia. ‘Ya corro y no me agito‘, contó la nena.
Ayer, la pequeña sonreía al igual que sus compañeras de juego y de recuperación, y ese gesto se transformó en el mejor escudo para luchar contra cualquier dificultad. Todo esto quedó en evidencia cuando decidieron mostrarle a la gente lo que son capaces de hacer con sus manos.

