Luego de finalizado el partido en el que perdió, Andy Murray conmovió al estadio al quebrarse emocionalmente ante 15.000 espectadores. “Estoy acercándome”, comenzó bromeando el número cuatro del mundo, que lleva cuatro finales de Grand Slam jugadas y cuatro perdidas, una marca negativa que comparte con su entrenador, el checo-estadounidense Ivan Lendl.

Pero entonces se le quebró la voz y comenzó a llorar, mientras su novia se tapaba la cara, conmovida, a Rod Laver, en el palco de honor, se le hacía un nudo en la garganta y Federer se mordía los labios.

El estadio ovacionó a Murray, quien volvió a quebrarse al intentar explicar que jugar en el estadio central de Wimbledon no es presión para él. “Todos hablan siempre de la presión de jugar aquí, pero todos ustedes me hacen más sencillo jugar, el apoyo de ustedes es tan increíble”. Murray no continuó. Dejó el micrófono sobre el césped y fue a abrazarse con Federer.

Murray se encontraba ante una ocasión inmejorable, ya que un británico no conquista Wimbledon desde que Fred Perry lo hiciera en 1936 y además no llegaba uno a la final desde que Bunny Austin la perdiera ante Donald Budge en 1938.