Algunos llegan a pedirle a la suegra el comedor para guardar más de una decena de motos. Otros, juntan peso a peso para conseguir la pieza que les falta. Están los que recorren las chacaritas para obtener un repuesto que se dejó de fabricar hace décadas. Y están los que ya empezaron a contagiar la pasión a sus hijos. Son más de cuarenta los que integran el Club San Juan de Motos Clásicas, una asociación que acaba de conformarse legalmente, pero que viene trabajando duro desde principios de año y que cada vez atrae a más adeptos.
Con logo, remeras y todo el merchandising que los identifica, estos apasionados por estos vehículos, no dudan en decir que las motos clásicas son mucho más que un hobby. “Es una excusa para la reunión, para compartir y para salir en familia. Para apasionarse y hablar de ellas todo el día”; dice Osvaldo Romero, uno de los impulsores de este club. Ellos aclaran de entrada que hay una diferencia fundamental entre moto antigua y clásica.
Estas últimas son las fabricadas a partir del año 45. Las otras, son anteriores.
Ninguno se atreve a hablar de precio a la hora de cotizar una de estas motos. Dicen que el valor pasa por lo emocional. “Los repuestos son difíciles de conseguir porque son motos que ya no se fabrican. Se pueden comprar por internet o podés patear todas las chacaritas. Lo cierto es que una vez que se comienza a restaurar una moto, es un camino sin retorno”, contó Héctor Castillo, que compró su moto a su dueño original. “Fue increíble. Me dio hasta el boleto de compra en la antigua Casa Lara. Cuanto terminé de restaurarla, él fue quien me dio el visto bueno. Eso me emocionó”, dijo Héctor.
Para Matías Lucero, esta pasión llegó por casualidad. Compró una Gilera de los ‘60, que eran las que en esa época usaba la Policía. Fue porque estaba barata y se había cansado de andar en bicicleta. “Al principio sólo era un medio de transporte. Hasta que me di cuenta que la gente se paraba para ver la moto. Fue cuando empecé a investigar y me di cuenta que en realidad tenía una reliquia entre mis manos”, contó Matías.
“Desde que conocí a mi esposa, me acompaña en todo esto. Varias veces viajó conmigo para conseguir alguna pieza. Sin su apoyo sería difícil”, dijo Osvaldo. Para estos motoqueros, la familia se trasforma en una pieza fundamental. Y aunque la mayoría dice que las mujeres son “poco adeptas” a este hobby, casi siempre sienten el apoyo. “Mis hijas ya están probando el gusto por las motos. Así, tenemos otro tiempo que compartir. Por eso, no sólo se trata de andar en moto”, aseguró Ariel Zárate.
Estos motoqueros no se contentan sólo con salir a la calle para que la gente mire sus vehículos. Ya armaron varias campañas solidarias para pueblos carenciados.

