El impacto del primer torpedo lo encontró entregando la guardia. Desde ese mismo instante comenzó su lucha por la supervivencia, primero por abandonar una embarcación que se hundía y luego por mantenerse con vida en una balsa perdida en el mar, con oleajes de 5 metros de altura, vientos intensos y temperaturas bajo cero. Es parte de lo que contó Santiago Albarez (50), uno de los sobrevivientes del Crucero General Belgrano, en un libro que publicó para dejarlo como testimonio contra el olvido, a 30 años del hundimiento. Un día como hoy, pero de 1982, el Crucero Belgrano fue atacado por un submarino inglés fuera de la zona de exclusión y murieron 323 argentinos, de los cuales 19 eran sanjuaninos.

‘Malvinas, yo estuve allí’ se llama la publicación que escribió junto a Duilio Dojorti, quien relató su vivencia pero en las islas. ‘Se venían los 30 años y sentimos que esto era una necesidad. El libro nació para no olvidar’, dijo Albarez.

Aquel 2 de mayo de 1982, el marino caucetero entregaba las novedades de su turno cuando el primer torpedo impactó en la popa del crucero y mató a 270 personas. Dos segundos más tarde, otro torpedo destrozó la proa. ‘Nos dieron orden de ir al puesto de abandono y empecé a subir las escaleras. Ya en cubierta largamos una balsa (inflable y con una especie de carpa, que resguardaba 12 personas) al mar y empezamos a remar con las manos, para alejarnos de la succión del crucero que se hundía’, recordó Santiago.

‘En el primer día de naufragio pasó toda mi vida por la cabeza dentro de esa balsa. Me acordaba de mi familia, de mis amigos, de los partidos de fútbol en mi niñez. Estábamos a la deriva y las olas nos lanzaban al aire, para después caer al agua. Vomitábamos por los mareos y nos orinábamos de tanto frío. Las guardias eran de 20 minutos’, recordó.

‘En la madrugada del segundo día vimos un barco y largamos las bengalas y bombas de humo. Gritábamos desesperados, pero no nos vieron. Ver alejarse ese barco fue una de las angustias más grandes de mi vida’, agregó.

Sin embargo, el paso de los horas trajo nuevamente la esperanza. El 4 de mayo, cerca del mediodía, el destructor Piedra Buena apareció detrás del horizonte y los náufragos apelaron a lo único que les quedaba para hacerse notar: la pistola de un oficial y unos silbatos. ‘El oficial descargó la pistola y los demás silbábamos con todas nuestras fuerzas, hasta que nos vieron y nos rescataron’, contó Albarez. En el destructor le dieron ropa seca, comida, lo llevaron al continente y en Caucete fue recibido como héroe, días después.

Santiago siguió vinculado a la Marina por dos años, pero se alejó afectado por los recuerdos. Tras un periodo como desocupado, entró a una fábrica en Pocito, se casó con María Inés y tuvo dos hijos. ‘A las heridas uno aprende a cerrarlas. Yo elegí ir al mar y me tocó el Belgrano. Pero siento que tengo una misión y es difundir lo que pasó, además de homenajear a los que yo considero los verdaderos héroes: los que no volvieron’, cerró.