‘Ese olivo que está ahí, ¿lo ve? tiene más de 100 años y lo plantó mi abuelo Cornelio Guiñazú, porque Decio Graffigna le dio esta lonja de tierra. Y ahora, los árboles son lo único que ha quedado en pie‘, dice con amargura Lidia Haydeé Guiñazú.
Detrás suyo, un montón de escombros dejan ver pedazos de muebles, sillas rotas y roperos que quedaron a la intemperie cuando hace cinco días, una topadora tiró abajo las casas de las 9 familias que vivían en esa franja de terreno que queda en Roque Sáenz a metros de Pueyrredón, frente al Barrio Kennedy.
Un tacho azul de plástico sirve para acumular agua para todas las personas que desde el lunes, permanecen a la intemperie en plena calle. Dos policías montan guardia mientras las 9 familias permanecen en el lugar y cerca del mediodía, un vehículo del Ministerio de Desarrollo Humano distribuye comida entre los desalojados.
Los chicos, cerca de 20 y de todas las edades, están con sus madres resguardándose del viento en un refugio hecho con palos y nailon negro en el medio de la calle Sáenz Peña.
A Lidia Guiñazú le tiembla la voz cuando se acuerda cómo fue el desalojo. ‘Esta lonja de tierra siempre fue muy codiciada. Pero nosotros hemos vivido aquí de toda la vida. Y no nos vamos a ir, porque nos pertenece.
Lo que pasa es que acá hay una asociación civil, la que hizo el loteo que está al lado, que quiere quedarse con esta parte. Pero de acá no nos vamos a mover‘, dice con decisión.
A lo largo de todo el terreno, se suceden montones de escombros, restos de los techos que quedaron en el suelo sepultando calefones, cocinas, camas y ropa de quienes vivían en el lugar.
Según ellos, no tuvieron ni tiempo de sacar los muebles porque la topadora arrasó con todo y no se quieren ir por miedo a perder las pocas cosas que pudieron salvar.
La situación es, cuando menos, muy confusa. Quien dictó la orden de desalojo, el juez de Paz de Rawson Raúl Rivas, aseguró que no tenía conocimiento que en el lugar había chicos viviendo. ‘Si alguien me avisa, hubiera dado una prórroga. Yo no tomé la decisión de desalojarlos sino que me limité a ejecutar la decisión de otro juez‘, afirmó.
Junto a Lidia, otras mujeres miran las nubes negras que cubren el cielo y se les endurece el gesto. ‘Si llueve esta noche, no sé qué vamos a hacer -se lamenta-. Nos han corrido como perros y aquí estamos, viviendo al aire libre y con nuestras pocas cosas arruinadas.

