Dice que el Rectorado de la UNSJ es su segundo hogar y que en ese lugar encontró la fortaleza para seguir adelante. Susana Fernández trabaja en la universidad desde hace 25 años. Su esposo, que también trabajaba allí, desapareció durante la última dictadura militar. Lejos de bajar los brazos, la mujer siguió luchando por sus hijos y algunos años después de la pérdida de su marido, ingresó a la UNSJ para realizar tareas administrativas. Hoy será reconocida por sus años de trabajo. Pero no será la única. Junto a Susana habrá 49 empleados más (entre docentes y no docentes), que recibirán una mención por llevar adentro de la institución un cuarto de siglo.
Para Susana la vida no fue fácil. Sin embargo, sonriente, siempre impecable y de buen trato, no teme contar su historia. Que en las malas y en las buenas estuvo conectada con la UNSJ. Que su esposo, José Scadding, trabajaba en la imprenta universitaria cuando desapareció. Cuatro sujetos armados habían detenido a su amigo y compañero de trabajo, Florentino Arias. José salió de su casa para buscar por las comisarías al hombre, e informarle a la mujer de lo sucedido. "Esa fue la última vez que lo vi", dice Susana. José era militante del peronismo y fue detenido en la casa de Arias. Había llegado hasta ahí para solidarizarse con la mujer y los 9 hijos de su amigo, justo en el momento en que un grupo de tareas estaba destrozando el lugar, buscando a Arias.
Lo que vino después en la vida de Susana no fue menos difícil. Fueron cinco años sin encontrar empleo, soportando acusaciones por terrorista, vigilancia en la esquina y el "no te metás", según cuenta la mujer. Pero la calma vino con su ingreso a la UNSJ. Un año después de iniciada la democracia, Susana recibió la buena nueva. Mediante una resolución pudo entrar a trabajar donde su marido lo había hecho. Es por eso que no fue un trabajo más. "Fue una buena decisión porque me permitió estar más tiempo con mis hijos", cuenta la mujer.
Fortaleza. Eso es lo que le dio el nuevo trabajo, que luego se convertiría en su vida. Tanto así que cuando llega a su casa, sigue pensando en qué tendrá que hacer al otro día. Una pasión que reparte entre sus animales y plantas. "Tuve suerte. Buenos compañeros, contención y buen clima de trabajo. Muchos de ellos recibirán hoy la distinción, además de otros que no conozco", dice.
Sorprende ver la entereza de Susana, aún cuando la vida la golpeó más de una vez. Primero la desaparición de su esposo, después la muerte de su padre. Y hasta de su hija, que también trabajaba en la universidad. Un detalle no menos impactante en su vida fue el incendio del Rectorado. Esta fue otra gran pérdida. El fuego se llevó parte de su historia. Durante cuatro años, el Rectorado funcionó en distintos edificios. Otra vez, su espíritu luchador hizo que no decayera, aún cuando no quiso regresar al lugar después del incendio. Susana volvió al edificio cuando fue reinaugurado.
Hoy lleva un cuarto de siglo arreglando papeles, vinculada con las actividades que la universidad realiza en conexión con la sociedad. Dice que el conocer gente con ganas de trabajar es lo que más la reconforta. Es por eso que en medio de su dinamismo, no se atreve a pensar en jubilarse. "No me imagino sin venir a este lugar. Es mi vida, siempre lo fue y lo seguirá siendo", asegura Susana.
