Rigurosa y con poca empatía, la candidata presidencial Dilma Rousseff roza la victoria electoral en Brasil gracias al magnetismo de su padrino, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva.

La ex presidenta del directorio de la petrolera estatal Petrobras fue apodada la “dama de hierro” por su estilo administrativo seco y exigente. La ex activista de izquierda que no llegó a conectarse plenamente con su audiencia se presenta ahora por primera vez a un cargo de elección popular, tras haber ejercido otros cargos, como secretaria de Energía en el estado sureño de Rio Grande do Sul.

Seducido por su laboriosidad y su competencia, Lula le ofreció el Ministerio de Minas y Energía en 2003 y, dos años después, la trasladó a la cartera de Presidencia, la más importante del gabinete, que quedó vacante por los escándalos de corrupción que sacudieron al Gobierno.

Desde ese ministerio, Rousseff se encargó de gestionar y coordinar los principales programas desarrollistas del Gobierno y se erigió como la “mujer fuerte” y brazo ejecutor de las políticas de Lula. El mandatario reveló, en tono jocoso, que algunos ministros acudían a su despacho con quejas de “maltratos” por parte de Rousseff.

Infatigable, Rousseff no se apartó de sus funciones ni siquiera para tratarse un linfoma que le fue descubierto en una fase incipiente a mediados del año pasado y del que ya se ha curado, gracias a la quimioterapia.

El duro carácter de la candidata oficialista, labrado en los calabozos en los que pasó tres años y fue torturada por integrar varios grupos guerrilleros durante la dictadura militar (1964-1985), fue compensado en gran medida por la calurosa intervención de Lula en la campaña. El carismático líder ha sido clave para impulsar a Rousseff, de 62 años, cuyos titubeos en los atriles han expuesto su inexperiencia en las lides electorales.