San Juan, 5 de agosto.- ‘Que nadie te cuente cómo es estar ahí‘. Así, con esas palabras, empezó la etapa más apasionante en la vida de Jorge Luis Castro, el sanjuanino que recorrió el mundo gracias a su labor en la Armada Argentina. Las escuchó de boca de un conocido de la familia al que recuerda con un cariño especial. Seguramente, por ser quien marcó su destino. ‘Un amigo de mi padre llamado don Nilo Arce me entusiasmó con el ingreso a la Marina. A mí me encantaban las películas de barcos, mi padre no me tenía mucha fe. Era muy niño, pero escuché los consejos. Nilo me dijo ’negrito, andá que yo te hago todos los trámites. Si te gusta te quedás, sino pegá la vuelta’, y así fue‘.
Tomó la decisión más importante de su vida siendo un adolescente. Con sólo 16 años y sin haber completado la escuela secundaria, Jorge dejó su Albardón natal. ‘En ese momento nos pedían solamente la primaria, por eso acá seguí los estudios en mi especialidad: la mecánica‘, dice recordando que en su época de pibe era muy bueno haciendo las tareas de la escuela, pero su mala conducta ocasionaba más de un dolor de cabeza a sus padres.
‘Ingresé a la Escuela de Mecánica de la Armada el 2 de febrero del año 1985‘, comenta. ‘Elegí la especialidad de maquinista que es el mecánico de los buques. Estudié tres años y logré ser el número uno en mi especialidad, obteniendo la calificación más alta‘, comenta con orgullo. Este albardonero egresó de la ESMA como Cabo Segundo Maquinista Motorista, lo cual le permitió acceder a un premio. Pero no cualquier premio: le regalaron la maravillosa experiencia de realizar el viaje de instrucción en la Fragata Libertad. ‘Viajamos por todo el mundo fue muy largo‘, comenta y agrega los destinos: Buenos Aires, Brasil, Colombia, el Canal de Panamá, México, Estados Unidos, Hawaii, Japón, China, Nueva Guinea, Australia, Nueva Zelanda, la Polinesia y Chile. El recorrido se hizo en casi un año.
Su primera experiencia como profesional fue a bordo del ARA Gurruchaga y todavía recuerda una de sus primeras vistas: pingüinos y témpanos, que ahora forman parte de su paisaje habitual.
Sus sentimientos son claros. ‘Pertenecer a la Armada Argentina es todo un orgullo, porque siendo tan joven en la carrera naval he tenido el privilegio de representar a mi país y a la propia Armada en el exterior y también en el continente blanco, la Antártida‘.
Actualmente, Jorge es tripulante del ARA Canal Beagle y si bien su tarea le ha regalado maravillosas experiencias, no se olvida que también hay de las otras. Sin embargo, no se reprocha nada y si tuviera que volver a elegir, lo haría sin pensarlo. ‘Es que en nuestra instrucción y formación tenemos que asumir qué es lo que nos espera como marinos. Las ausencias son lo que primero se sufre. Estar lejos de los seres queridos, no poder estar en los momentos en los que alguien nos necesite…‘, dice con un dejo de nostalgia. Por suerte, tiene el apoyo de su esposa, sus tres hijos y sus padres.
De todas formas, él sabe mejor que nadie que es un privilegiado. ‘Yo tuve muchísima suerte, la que quizás muchos no tengan. Me tocaron unidades como el buque rompehielos Almirante Irizar para cumplir misiones antárticas‘. Actualmente reside en Punta Alta, una ciudad cercana a la Base Naval Puerto Belgrano, que es un puerto militar, la más grande de Sudamérica.
A sus 43 años, Jorge es feliz con la vida que eligió. Una vida de mucho sacrificio, pero plagada de recompensas.
