Osama Bin Laden, asesinado por las fuerzas de EEUU, parece curiosamente irrelevante en el mundo árabe, convulsionado por las revueltas populares contra sus autoritarios líderes. “Bin Laden es sólo un mal recuerdo”, dijo Nadim Houry, de Human Rights Watch, en Beirut. “La región ha superado eso, con masivos levantamientos de amplia base que están cambiando la historia”, agregó. Los sangrientos ataques del líder de Al Qaeda, sobre todo lo del 11 de septiembre del 2001, tuvieron resonancia entre los árabes, que los consideraron como una severa venganza por las injusticias cometidas por EEUU, Israel y sus propios gobiernos respaldados por Washington. Bin Laden soñó con que su yihad -guerra santa- global inspirara a los musulmanes para que derrocaran a sus Gobiernos pro-occidentales, sobre todo en su país natal Arabia Saudita, que le revocó su ciudadanía. Abrazó la yihad sobre todo por rencor a lo que consideraba la ocupación de tierras musulmanas por parte de fuerzas extranjeras “infieles”: los rusos en Afganistán, los estadounidenses en Arabia Saudita en la crisis del Golfo en 1990 o los israelíes en Palestina. Pero el indiscriminado uso de la violencia por parte de Al Qaeda nunca entusiasmó a las masas árabes. Este cambio de postura fue más palpable en Irak, donde el enojo por las víctimas musulmanas causadas por los ataques suicidas de Al Qaeda -y la represalia sectaria chií que provocaron- finalmente llevó a las tribus suníes a aliarse con los estadounidenses. El apoyo popular a Al Qaeda también se evaporó en Arabia Saudita luego de una serie de ataques indiscriminados entre el 2003 y el 2006. Las protestas pacíficas árabes ya derrocaron a los líderes autoritarios de Egipto y Túnez y están amenazando a los de Yemen y Siria, mientras que una revuelta popular contra el libio Muamar Kadafi se ha convertido en una guerra civil con intervención militar de Occidente.
