El Sillón del Gigante, una formación de piedra ubicada al costado de la ruta 40, en Huaco (Jáchal), es reconocida desde hace mucho tiempo por los turistas. Pero lo que nadie había notado es que, metiéndose entre los cerros de esa zona, a ambos lados de la ruta, el paisaje escondía guardado como un tesoro un sitio lleno de rocas con formas caprichosas y extrañas que permiten dejar volar la imaginación para ver las imágenes que proyectan. Llegar hasta ellas es complejo y el paisaje no sólo ayuda a despejar la mente, también despierta las ganas de vivir una aventura escalando cerros que tienen piedras duras y ásperas y otras que se desmoronan ni bien alguien pone un pie sobre ellas. Todo eso, que estuvo guardado hasta el momento, ahora puede ser visitado por los turistas que hasta se dan el gusto de ponerles nombre a las formaciones. El lugar, llamado Naturaleza Virgen, está a sólo 6 kilómetros del centro de Huaco. Y ni bien la gente deja el auto a la orilla de la calle, entra en un mundo llamativo lleno de colores y espacios que van cambiando al caminar.

El río es el que dirige el camino al entrar al lugar, a través de la huella que deja después de las crecidas, que según los guías del recorrido se producen en contadas ocasiones y sólo inundan el espacio por unas dos horas. Allí el terreno está formado por una arena pesada, que obliga a esforzarse para hacer cada paso y que va cambiando de colores desde un rojo intenso hasta un rosado claro. El camino está vadeado por los cerros y en su orilla comienza a verse las rocas gigantes con puntas y huecos.

El recorrido se ofrece a los turistas desde el jueves pasado y es explorado desde hace poco tiempo. Por eso, a pesar de que algunas rocas ya tienen nombre, los guías que descubrieron el camino todavía no conocen sus características. No saben de qué época son, a qué se debe su forma o por qué algunas tienen huecos y otras no. Pero eso no parece importarles a los visitantes que llegan al lugar y que, ni bien ven una roca, investigan su forma, intentan ponerle un nombre y le sacan fotos.

La primera piedra con nombre es El Cóndor. Y justo donde está ubicada, el surco del río se corta. Un grupo de rocas sedimentarias marca el límite entre ese espacio llano y arenoso y lo que vendrá: los cerros con sus rocas duras y seguras y con aquellas que se desmoronan en el momento menos pensado, rodeadas por pencas y plantas con espinas que hay que sortear haciendo equilibrio para no caerse ni pincharse. Lo que hace que, para ascender el cerro, no sólo haya que apoyar con fuerza los pies sobre las piedras, también hay que usar las manos para sostenerse. Y no es fácil, algunas de las rocas son ásperas y dejan su marca en la piel.

En el primer tramo del primer ascenso, aparece El Gusano, formado por un grupo de piedras de color más claro que el resto, que cae por la ladera del cerro y tiene como una cabeza en uno de sus extremos. Según contaron los guías, la formación comenzó a llamarse así el día en que iniciaron los recorridos, cuando un turista de Alaska, que integró uno de los primeros contingentes que llegó al lugar, la bautizó.

Después de ver esa roca, el camino se pone pesado porque el cerro está más empinado. Pero, al llegar a la cima y mirar hacia atrás, no importa tener la respiración agitada por el esfuerzo. En el valle se ve la alfombra de color rojo de las rocas que están sobre el llano y, de golpe, como marcado como una línea, el paisaje cambia y comienza a verse el verde que ofrece la vegetación de las fincas del pueblo.

Para seguir hay que volver a bajar y a subir. Y por fin se ve una de las formaciones más llamativas, la Libertad. La roca está ubicada en la cima de un cerro, es alta y vista de perfil parece una figura humana con el pecho hinchado y alas.

El camino sigue por la cima del cerro, donde se divisa la roca que se llama La Momia. Inmediatamente después, hay que volver a descender unos metros para ver el pueblo de Huaco desde la altura a través de una ventana natural que tiene como marco el borde de una roca.

La que sigue es la formación que permite descansar. Se llama El Hipopótamo y para apreciarla hay que sentarse en una roca muy lisa que está al costado. Lo único que queda por hacer allí es sentarse, escuchar el silencio de las montañas, aspirar el aire limpio y disfrutar el paisaje. Después de eso, a pesar de que aún quedan rocas por pisar, piedras que se desmoronan debajo de los pies y plantas con espinas en las que se engancha la botamanga del pantalón, el descenso hasta la ruta no tiene nada de complicado.