�-¿Cómo toma esta participación de los descendientes de Laprida en San Juan, durante las celebraciones del Bicentenario?

-Para nosotros es bastante conmovedor y consideramos que el aniversario de la Independencia era una ocasión propicia para llevar réplicas de objetos que teníamos como legado, reunidos entre primos y tíos. De todas maneras, somos muy prudentes y siempre aclaramos que no usamos el apellido para honras personales. En lo personal, estoy muy contento de ir a San Juan y después de bastante trabajo, la donación ya está lista.

-¿Estuvo antes en la provincia?

-Dos veces. Durante mi Luna de Miel, en 1976. Allí conocí una placa de Laprida en una galería céntrica y quedé un poco sorprendido por lo poco visible que está y en un lugar oscuro. A su vez, me pasó algo curioso porque al firmar el ingreso al hotel, el empleado se sorprendió por mi nombre y después de la explicación de rigor, terminamos en una larga charla hasta con el dueño del hotel. La segunda vez fue en 1980 y entonces visité 9 de Julio y Jáchal; allí conocí la estatua que hizo Lola Mora sobre Francisco Laprida, que me gustó mucho porque denota juventud. Hay que recordar que Laprida tenía apenas 29 años cuando presidió el Congreso de Tucumán. Mi sensación tras esos dos viajes a la provincia es que los sanjuaninos tienen un gran aprecio y admiración por Laprida.

-Cómo descendientes del prócer se destaca el bajo perfil de la familia, ¿por qué?

-Nuestra familia nunca hizo culto a la descendencia, a la prosapia. Además, personalmente considero que no se puede llevar el apellido como un adorno, sino que hay que honrarlo. Es como el refrán que dice el hábito hace al monje, pero al revés. En este caso, soy yo quien con mi conducta debo honrar el apellido que tengo. Siempre este tema lo hemos manejado con mucho respeto y sin exposición innecesaria.