Habla tranquilo, pausado, relata todo sin que le tiemble la voz. Pero, reconoce que en cada uno de los 8 días que pasó como rehén pensó que no saldría, que la situación se podría haber evitado si lo hubieran escuchado y que hoy, toda su familia carga con la cruz de lo que pasó hace 20 años. Se trata de Orlando Martínez Gómez, el zondino que era jefe de Vigilancia del penal de Sierra Chica durante el motín más sangriento de la historia argentina.

Tanto él como su esposa Marina nacieron en San Juan e incluso su madre y 5 de sus hermanos viven en la provincia. La pareja soñó siempre con volver, de hecho compraron aquí una casa. Pero ella sufrió hace 4 años un aneurisma que la dejó postrada. Y él vincula ese hecho con el motín.

‘Lo que ella sufrió durante esos días, cuidando a mis hijas que tenían 11 y 8 años y sin saber nada de mí, terminó pasándole factura‘, reflexionó.

Aquel fatídico 30 de marzo de 1996, tras el intento de fuga fallido de un grupo de presos, todo se descontroló. Él y el director del penal se acercaron a los detenidos para negociar, pero se encontraron con la pistola calibre 45 que los apuntaba. Los presos le tiraron al director 3 veces, aunque no pudieron darle. Lo que sí hicieron fue tomar a Martínez Gómez y no soltarlo más.

‘En la escuela de cadetes a uno no lo forman para ser rehén. Pero yo no tuve intenciones de salir, porque adentro estaba mi personal. Los presos me conocían y me respetaban y era bueno negociar con ellos desde adentro‘, confesó Martínez Gómez, quien afirmó que los presos le decían ‘Indio Martínez‘. ‘No sé bien por qué, debe ser por mi ascendencia huarpe‘, comentó.

En cuanto a los hechos más escabrosos que según trascendió se vivieron allí, el sanjuanino contó que ‘yo no vi todo. A mí, a la jueza y a su secretario nos tenían en el hospital del penal. Pero mis subalternos me contaban‘.

Y relató: ‘Que incineraron los cuerpos en el horno de la panadería fue confirmado, de hecho allí encontraron huesos y dientes. Me dijeron que también fue cierto que jugaron a la pelota con la cabeza de uno de los muertos. Lo que no me consta, pero mi personal dijo que era cierto, es que hayan hecho empanadas con carne humana‘.

¿UNA SALIDA?

‘Todas las noches eran de catástrofe‘, recordó el exfuncionario. Y confesó que ‘cuando se complicó más, escribí una nota que sacó uno de los presos que me ayudaba. Sabía que para terminar todo había que sacarles el arma. Pedí que me enviaran un arma a mí, para matar al cabecilla‘.

Sin embargo, quienes estaban afuera creyeron que los presos lo habían obligado a escribir para tener un arma más y no cumplieron el pedido. ‘De algún modo, hoy se los agradezco. Tendría que haber cargado con una muerte o varias toda mi vida‘, aseguró.

Finalmente, todo acabó. Los presos tenían cada vez menos municiones y sabían que no contaban con el apoyo del resto de los detenidos, por lo que se dieron cuenta de que no daba para más.

EL FIN

‘Esto se podría haber evitado. Yo informé a las autoridades un año antes qué iba a suceder. Pedí que trasladaran a varios internos, lo hicieron pero los llevaron de vuelta a Sierra Chica a los pocos días. Una semana antes volví a advertirles, pero no me dieron respuestas‘, aseguró Martínez.

Tras el final, el hombre trabajó 6 meses más en ese penal y después fue trasladado a otros. Terminó viviendo en Mar del Plata. Tiene una nieta y sus dos hijas son penitenciarias.

‘Lo que más me duele es que después trataron de guardar todo bajo la alfombra. Todavía ahora, a 20 años, estoy esperando que las autoridades me ofrezcan tratamiento psicológico o me pregunten cómo quedé‘, aseguró el hombre que cumplió 60 años.

Y reconoció que ‘yo me fui y también dejé a mis subalternos, eso me provoca un sentimiento de culpa. Pero hice lo que pude‘.

El sanjuanino se retiró en 2009, tras llegar a la mayor jerarquía de la Policía. Y hoy asegura ‘nadie me regaló nada‘.