Nadie en las 33.000 butacas del estadio del Cruz Azul aplaudió ayer el imponente disparo del mediocampista Gerardo Torrado, que arañó el travesaño de los Indios de Juárez. El partido de primera división se disputó a puertas cerradas, ilustrando las medidas extremas tomadas por el Gobierno de México para contener un brote de influenza H1N1. Los gritos de los jugadores retumbaban en las gradas vacías del Estadio Azul, como si en lugar de un partido por el Torneo Clausura fuera un choque en una cancha de barrio. La sucesión de escenas surrealistas empezó cuando los Indios salieron trotando a cancha y saludaron efusivamente a un público inexistente. Hasta los pases más leves resonaban como golpes secos en la tarde del sábado. Sólo en los segundos de pelota muerta antes de un córner o tiro libre se escuchaban los cantos de una decena de hinchas del Cruz Azul en las afueras del estadio, ubicado en un barrio de clase alta en el sur de Ciudad de México. “Es injusto, porque la afición quiere alentar a su equipo y no la dejan. Igual vamos a estar aquí a fuera. Al equipo le hace falta”, dijo Pablo López, un estudiante de 16 años integrante de la barra “Sangre Azul”, con un peinado mohicano, gafas de sol y mascarilla quirúrgica. Y tanto que hace falta. Cruz Azul es último en la tabla de posiciones del Torneo Clausura del fútbol mexicano. La paranoia por la influenza obligó al club a suspender las conferencias de prensa y las entrevistas con los jugadores. Para poder entrar al Estadio Azul, los periodistas debían llevar mascarilla y desinfectarse las manos. La decisión de disputar los nueve partidos de esta fecha a puertas cerradas provocó pérdidas millonarias a los clubes.
