Dos flacos sombrerudos arrastran ramas y hojas secas hacia afuera del caserón. El sol los está reventando, están mojados y con barro hasta las rodillas. Del otro lado del alambrado, otro pibe de sombrero gigante hunde el azadón en el surco apenas contorneado de la huerta. Al fondo, un muchacho de rulos vacía el lavarropas y cuelga todo en la soga, con prolijidad casi obsesiva. En la cocina, uno controla el horneado del pan mientras otro empieza a despostar el pollo para el arroz. Mientras tanto, otros dos entran y salen casi corriendo, cargados con mercadería y elementos de limpieza. "Es útil estar trabajando y no estar pensando tanto", dirá un rato más tarde uno de ellos, recién lavado y con las mejillas coloradas. "Con esto te sentís menos muerto, empezás a ganar lo que fuiste perdiendo", agregará otro, y todos asentirán. Dirán, cada uno a su manera, que es el modo ideal de encarar esta cuesta arriba que significa abandonar su adicción a las drogas, en la internación de la Comunidad Terapéutica Encuentro.

El caserón está medio escondido en Caucete, en un lugar justo para darle ese aura de burbuja, de refugio contra el mundo. Y donde el tiempo adquiere su propia lógica: curiosamente, pese a que uno de los dos únicos relojes de pared se rompió y quedó clavado en las 11, el día aquí adentro vuela. A las 7, todo el mundo arriba a trabajar, limpiar y encarar todas las tareas de la terapia. A las 23, todo el mundo a acostarse. Y aunque está prohibido hablar después de esa hora (cada encargado de habitación lo informará a los operadores al día siguiente y habrá quita de privilegios), a nadie le queda ganas de andar robándole minutos al sueño.

"Es muy bueno estar ocupado", dice al paso Roberto, un camionero de 31 años, soltero y con dos hijos, que anda para arriba y para abajo acomodando cosas en la casa. Como la mayoría de los 8 internos, llegó a la comunidad terapéutica ni bien inauguró, hace menos de 3 semanas. Hasta entonces, y desde sus 14 años, no se daba respiro consumiendo principalmente cocaína y robando a menudo para poder conseguirla. "Un día me levanté -cuenta en una pausa-, me miré al espejo y parecía un conejo. Estaba hinchado, embotado, tenía los ojos rojos. Así llegué acá".

El living comedor, que es la parte más iluminada de la casona, huele todavía a pintura fresca. Las paredes son blancas y al fondo hay una estufa con chimenea. En este espacio son las reuniones de la terapia. Y para llegar hasta acá hay que pasar por la oficina de los operadores: para poner un pie allí, cada interno debe pedir permiso. Es algo a lo que ya están habituados. Incluso Hugo, el más nuevito y más joven, que lleva aquí media semana y ya siente que vale la pena intentar cambiar su vida.

Hugo es un pibe lánguido, de ojos claros, 16 años y demasiada experiencia para su edad. Comenzó a fumar marihuana a los 12 y de inmediato le adosó cocaína. Dice que lo había iniciado su hermano, que vendía drogas en la calle. Su hermano tenía en ese momento 11 años. Luego los dos siguieron con el negocio. "Al final me andaban siguiendo -dice-. Si mi mamá no me hubiera internado acá, la Federal ya me habría hecho un allanamiento en la casa".

Las historias acá son una sola. Hogares humildes, familias quebradas, padres alcohólicos, inicios prematuros en la adicción, entradas a institutos de menores por robo, y una ausencia pronunciada de algo que asemeje un futuro. "Hice dos tratamientos antes de este", dice Eduardo, de 25. Esta semana está a cargo de lavar la ropa y cuando habla, todos callan. En la voz le flota una especie de sabiduría, de camino recorrido. "Me empecé a drogar a los 14 y mi familia no me apoyó con los otros tratamientos. Yo tampoco ayudé. Los adictos no hablamos, nos encerramos mucho. Por eso acá nos respetamos tanto: sabemos que nos sirve a todos. Y si no sabemos hacer algo, pedimos ayuda, cosa que afuera no hacíamos nunca".

Además de ayuda, se piden permiso. Para hablar, para pasar, para todo. El psicólogo Agustín Sebastián y Pérez, director de la comunidad, y tres operadores terapéuticos, son los referentes permanentes, junto a otros profesionales que van de forma más esporádica. Pero los propios internos regulan, bajo las normas preestablecidas, su propia disciplina. "Tenemos 5 minutos para bañarnos -cuenta Agustín, un interno de 21 años-, pero yo ya aprendí a bañarme en 4. Acá te ordenás. Afuera yo trabajaba de albañil y gastaba todo en ropa y en merca. Me arruiné mucho. Estaba muerto en vida".

Además del trabajo permanente y la división de tareas, la terapia incluye reglas claras. Se puede escuchar radio, pero no música "que agite". Se puede ver fútbol en la tele, pero no noticieros. Para fumar hay que ir afuera, usar sí o sí un cenicero y el límite máximo es de 10 cigarrillos por día por interno. Si ven películas en DVD, no pueden tener contenidos de violencia extrema ni de consumo de drogas. Los viernes tienen cinedebate, para traducir a sus propias experiencias lo visto en cada película. La recreación incluye ajedrez, naipes y mate.

Y si hay problemas entre ellos, deben anotarlos en un papel y plantearlos los miércoles, en el espacio de confrontación, guiados por los terapeutas como cada paso que dan aquí adentro. Es, lo saben, el camino para no perder, una vez que salgan, lo que dicen encontrar acá adentro: "tranquilidad", "paz", "salud", "confianza" y, lo más repetido por los internos, "más vida".