La actividad agrícola estuvo presente desde los inicios de la humanidad, permitiéndole a los grupos humanos asentarse de manera permanente en un lugar. Fue en Oriente Próximo, en la región de la Mesopotamia, donde el hombre modernizó las rústicas técnicas de cultivar la tierra introduciendo el arado de tracción animal, lo cual le permitió cultivar superficies de tierra mucho más extensas que con la azada. Tan importante fue esta innovación que hasta el arado tuvo en el asentamiento de Nippur una deidad en su honor llamada Nimunta.

En sus comienzos el arado fue un simple palo ahorquillado que incluso fue tirado por las mujeres. Lentamente se fue perfeccionado hasta que a mediados del siglo XIX un herrero llamado John Deere inventó la reja del arado de acero, un hito dentro de la larga historia de esta herramienta. Luego sobrevendrían otros inventos y adelantos que cambiaron radicalmente el mundo de la explotación agrícola, no obstante por tradición, costumbre o por falta de recursos, el arado a tracción a sangre continúa presente en la vida del hombre de campo. Así vemos en algunas fincas sanjuaninas al hombre aún labrando la tierra con arados tirado por caballos.

Arar no es un trabajo ordinario, requiere de pericia y paciencia y se aprende sólo con la práctica diaria. Los agricultores locales tratan de utilizar un caballo "percherón," "porque tiene fuerza, cuerpo y aguante". Es en esta época cuando comienzan con esta ancestral tarea.

El primer paso es hacer "estirar" la reja con un herrero, tarea que requiere de una fragua y de varios golpes certeros. Al "estirarla" se puede afilarla. Es entonces cuando se inicia la rotura del suelo o se hacen "rayas", para dar vuelta la tierra. El agricultor tiene que tener la suficiente prolijidad y destreza para que el caballo marche en forma derecha y con un ritmo constante para lo cual lo guía con las riendas y con fuertes exclamaciones, sin olvidarse de observar y empuñar con fuerza el arado. A posterior se cambia el arado por una rastra para arrancar la chepica, tan común en nuestros suelos. Luego vuelve a empuñar el arado y minuciosamente se hacen los surcos o bordes, estando ya el suelo en condiciones para sembrarlo.

De esta forma el hombre labriego continúa con esta usanza heredada de remotas tradiciones culturales.