Dicen que todavía los sienten sobresaltarse mientras duermen al lado de ellas. Algunas son las únicas que conocen los detalles de la experiencia que vivieron sus maridos. Otras, aprendieron a entender sus silencios y respetan la decisión de no decir algunas cosas. Pero todas, según sus esposos, fueron fundamentales para que ellos pudieran salir adelante. Vea las fotos de las parejas en columna derecha.
Sonia Morales / Esposa de Juan Nievas
"Pensé que no iba a verlo nunca más"
Determinante. Así fue la guerra de Malvinas para Sonia Morales y Juan Nievas. Se conocían, habían salido un par de veces, pero todavía eran muy chicos. Sin embargo, el miedo y el dolor los hizo crecer y los unió para siempre.
"Él es hermano de una de mis amigas del colegio. Tenía 24 años, yo tenía 16. Habíamos salido dos veces antes de la guerra. La primera fuimos al cine. La segunda estuvimos charlando. Eso sucedió en octubre de 1981, cuando a Juan le habían dado unos días para estar con su familia. Después se fue y pensé que no iba a verlo nunca más", cuenta Sonia, sin soltar la mano de su esposo.
Ella seguía por radio lo que sucedía en el Sur. "Cuando escuchamos la noticia del hundimiento del Crucero Belgrano fue terrible, pero no sabíamos que estaba ahí. Recién nos enteramos cuando leyeron la lista de personas que se habían salvado y lo nombraron. Fue impresionante pensar que había vivido eso", dice la mujer.
Pasaron sólo unos días hasta que Juan volvió, pero Sonia no pudo ir a buscarlo a la terminal, su madre no sabía que había algo entre ellos. "Dos días después nos juntamos en mi casa. Me dio un beso tan intenso que no hicieron falta las palabras, supimos que estábamos de novios", recuerda Sonia. Y Juan agrega que "yo estaba triste, me costaba hablar. Pero logramos sentarnos a charlar y, por primera vez, conté todo lo que había pasado en el barco. Nunca le dije a nadie todo lo que me animé a confiarle a ella".
A finales de 1982, Juan pidió la baja. "Decidí dejar mi trabajo. No quería que ella tuviera una vida llena de viajes. Me vine y empecé a trabajar como bombero. En abril del "83 nos casamos", dice el hombre. Hoy, tienen dos hijos, dos nietos y son inseparables. "Mientras él trabaja como locutor en la radio ex combatientes, yo me manejo los controles, así podemos estar juntos", cuenta entre risas Sonia.
Emilce Molina / Esposa de Roberto Arroyo
"Sólo rezaba para mantener la fe"
Sólo la unión con la familia de su novio la mantuvo tranquila. Emilce Molina llevaba 3 años de noviazgo con Roberto Arroyo. Ella tenía sólo 15 años y él 18, pero ya tenían planes firmes de casamiento, hasta habían comprado sus muebles. Sin embargo, el ingreso al servicio militar de Roberto los sorprendió. En esa época, él aprovechaba cada franco para volver a ver a su novia. "Llegaba en la noche, salíamos juntos y, por la mañana, volvía a viajar. Todo para verme", recuerda Emilce.
Roberto, que estaba entusiasmado porque le había tocado la Marina, tenía una idea que compartía con muchos de sus compañeros: "La colimba no es la guerra". Con ese planteo, mantenía tranquila a su novia. Sin embargo, a los pocos días del mes de abril de 1982, Emilce se enteró de que su pareja iba a entrar en combate. "Cuando estaba en Tierra del Fuego, nos comunicábamos por radio, gracias a su trabajo en Radio Colón. Pero cuando lo mandaron a San Carlos, a custodiar el aeropuerto, no supimos nada más de él", recuerda Emilce.
Mientras Roberto desempeñaba su función de jefe del 3er grupo de ametralladora, su novia mantenía el lazo con sus padres, para sentirse cerca de él. "El papá de él escuchaba la radio todo el día. Yo iba a su casa y lo acompañaba", cuenta Emilce. En una de esas oportunidades llegó el momento más duro. Por un error, la familia creyó que todo el grupo de Roberto había muerto. Emilce recuerda que "yo sólo rezaba para mantener la fe. Era difícil, porque su papá estaba tan mal que cuando le dijeron que Roberto iba a volver no lo creía".
Cuando Roberto al fin volvió, Emilce no se animó a ir a recibirlo. Fue él quien la buscó en su casa. A finales de 1982 él terminó su tarea. Un año después del inicio de la guerra, cumplieron con sus planes: se casaron.
Elena Cárdenas / Esposa de Héctor Fernández
"En la base naval me sentía cerca de él"
"Cuando se fue llevábamos 10 años de casados y teníamos dos hijos, Germán de 9 y Anabella de 4. Vivíamos en la base naval de Puerto Belgrano, en un edificio de departamentos", cuenta Elena Cárdenas, esposa de Héctor Fernández, quien era suboficial 1ero durante el conflicto. Su mirada firme demuestra que es una mujer fuerte, capaz de ponerse al hombro a su familia. Sin embargo, los recuerdos pueden más y tiene que levantarse los lentes y pasarse la mano por los ojos mientras avanza en el relato.
"La noche del 28 de marzo de 1982, Héctor me dijo que tenía que hablarme de algo súper secreto. Que zarparía para una misión muy importante. Que me cuidara y cuidara a los chicos. Por la mañana se fue", recuerda la mujer. Y Héctor explica que él iba a bordo del portaaviones.
Elena dice que muchas mujeres volvieron a su provincia, pero ella no estaba dispuesta a hacer eso. "En la base naval me sentía cerca de él. Sentía que me iba a enterar de lo que pasaba. No fue así. Pero yo pienso que, de algún modo, lo estaba acompañando".
Ella y sus hijos corrían peligro. El puerto Belgrano era un punto clave para el enemigo, porque guardaba las provisiones de los combatientes. "Por las noches tapábamos las ventanas con frazadas. Nos alumbrábamos con el televisor y con una linterna a la que le poníamos papeles de colores para que no brillara. Teníamos bolsos preparados con ropa, medicamentos y alimentos y dormíamos vestidos para salir rápido si pasaba algo. Yo sólo le sacaba los zapatitos a mis hijos, para que descansaran", recuerda.
Para estar preparados por si había un ataque, las familias de los combatientes hacían simulacros. El sonido de una alarma iniciaba la corrida de mujeres cargadas de niños y bolsos. "Corríamos por un descampado, de noche. No se veía nada y había rosetas. Teníamos que llegar a un búnker que era como una calle que tenía un paredón y estaba cubierta de pinos. Nunca sabíamos si era un simulacro o si era de verdad", asegura Elena.
Todo duró un poco más de dos meses. El 10 de junio de 1982, supo que su marido estaba desembarcando. Entonces, lo vio de nuevo. Elena recuerda de un modo simple ese momento: "Nos abrazamos los cuatro y volvimos al departamento juntos", dice.
Graciela Mondaca / Esposa de Víctor Sierra
"Nosotros aprendimos y crecimos juntos"
Dicen que probablemente se cruzaron decenas de veces mientras caminaban por las veredas de Albardón, pero nunca se prestaron atención. Sin embargo, a Graciela Mondaca y Víctor Sierra los terminó uniendo la felicidad del regreso. Comenzaron a salir inmediatamente después de que él vivió la experiencia de ser conscripto y prisionero de guerra. Eso hace que ahora se rían al pensar lo rara que es la vida.
"Yo era amiga de una prima de él. Cuando volvió de la guerra le hicieron una fiesta de bienvenida y fui. Ese día charlamos por primera vez. La segunda vez que nos juntamos también fue en una fiesta, pero de despedida. Él tenía que volver a cumplir con sus funciones, antes de que le dieran de baja. Yo me quedé esperando", dice Graciela, quien habla rápidamente, se ríe y se emociona a la vez, mientras su marido la mira con ternura.
Víctor volvió unos meses después y la pareja se tomó su tiempo. Salieron durante 10 meses y estuvieron de novios 5 años, antes de casarse. Desde ese momento no se separaron más. "Nosotros aprendimos y crecimos juntos. No fue fácil, él tiene traumas que va perdiendo de a poco. Pero logramos generar un código que sólo se basa en miradas. A veces no quiere hablar y yo no lo obligo. Cuando decide decirme algo, lo escucho. Eso hace que, a pesar de las dificultades, nos ayudemos y hayamos hecho todo juntos en los últimos 25 años", dice con orgullo, Graciela.

