Después de desfilar, los alumnos de los jardines de infante se transformaron en espectadores y se sentaron en primera fila sobre alfombras dispuestas en la orilla de la calle. Así, intercambiaron roles con sus padres, quienes se lucieron actuando. Para eso, ensayaron durante semanas, consiguieron el vestuario a medida y hasta se animaron a pintarse la cara con corchos quemados. De este modo, como si fuera el mundo del revés, Santa Lucía celebró ayer, el día de la Patria.
Los padres llegaron temprano. Algunos, con el machete de los versos que debían pregonar en las manos. Es que, muchos habían actuado por última vez cuando eran alumnos, por eso, estaban un poco nerviosos.
Todos iban vestidos de acuerdo al libreto. Muchos echaron mano a los trajes que usan en oportunidades especiales. Y las mamás, lucieron polleras largas, alquilaron vestidos y hasta sacaron a relucir sus vestidos de novia, según el personaje que les tocara representar. La utilería también obligó a los padres a ser creativos, mostraron desde tachos de leche antiguos y tradicionales veleros hasta una réplica de las luminarias callejeras que se usa actualmente.
Los primeros en presentarse fueron sus hijos, que integran los jardines municipales del departamento. Portando banderas pequeñas, los chicos marcaron el paso por el medio de la calle junto a sus maestras. Después, terminó su tarea.
Por el alto parlante se escuchó las primeras oraciones del relato: “Imaginen que es una mañana nublada, del día 25 de mayo, pero de 1810”. Inmediatamente aparecieron en escena dos papás luciendo galeras, trajes de cola y hasta bigotes pintados. “Cintas, cintas”, gritaban personificando a French y Beruti mientras le entregaban escarapelas al público. Después, se puso en escena un paralelismo entre los trabajos más comunes de 1810 y cómo se realizan en la actualidad. Se pudo ver lavanderas con los atados de ropa en las cabezas y las tablas que usaban para lavar en el río y las mamás actuales, con dibujos de lavarropas automáticos y cajas grandes de jabón en polvo. Además de mazamorreras con las caras pintadas de negro y, en contraposición, repartidores de delivery.
Mientras los personajes se iban presentando se podía descubrir a qué jardín iban sus hijos, ya que los niños los saludaban sonrientes, los aplaudían o les gritaban: “¡Mamá!” o “¡Papá!”.
Para el final quedó la diversión. Un grupo de padres vestidos de gala se encargaron de bailar un vals. Y fueron seguidos por los papás que, vestidos con ropa flúo, presentaron una coreografía de reggaeton.

