Y vuelven, desde donde estén, a su pueblo, a sus casas, a reencontrarse con sus familias. La ocasión implica a estar todos juntos, comer en largas mesas y rezar en la capilla. En Colangüil, un pueblito de Iglesia, de 57 habitantes, la fiesta en honor a San Isidro Labrador tiene una particularidad: hace volver a quienes dejaron su lugar buscando nuevos horizontes y por eso, cada 15 de mayo, el lugar se reaviva, se llena de color, ruidos y luz.
"Es la fuerza de San Isidro. Nosotros somos un pueblo de viejos, porque los jóvenes ya se fueron. Pero todos vuelven para la fiesta del santo y por eso la esperamos con ganas", contó Mario Vega, vecino y uno de los cuidadores de la capilla.
El templo de San Isidro Labrador está en las afueras del poblado, a la vera de un cauce seco del río. Con más de 70 años de vida, sus vecinos se ufanan de la fortaleza de la construcción, ideada y levantada adobe por adobe por sus habitantes. La sencillez de la cal sobre las paredes contrasta con una imponente puerta doble hoja, en madera finamente tallada. En Colangüil se dice que esa puerta le perteneció a la parroquia de la Inmaculada Concepción, antes de su remodelación, y que la gestionó un vecino para traerla al pueblo.
El campanario tiene 2 pequeñas campanas, a las que se accede por una escalera de sueltos peldaños de palo rollizo. Sin embargo, la vista desde lo alto le da a los fieles una mirada sobre las casas del pueblo, sus corrales, sus sauces, álamos y manzanos. En la capilla no hay ventanas, sólo un tragaluz circular, y los bancos tienen chuzos, unos largos tejidos de lana de oveja.
"La imagen de San Antonio llegó a Colangüil en 1940 y desde Tudcum, donde lo tenía una familia. La leyenda dice que fue cambiado por un almud de porotos (algo así como un cajón de 10 kilos). Por eso, en cada patronal se hacen las famosas rifas de porotos de Colangüil, como una tradición y como un beneficio para hacerle arreglos al templo. Cada patronal acá se vive como una fiesta", relató Vega.
Pero cuando termina la celebración, se apagan las brasas que doraron chivitos y los autos se llevan otra vez a los hijos y nietos, el pueblo vuelve a su quietud y tranquilidad. Y a extrañar, hasta que San Isidro Labrador los vuelva a juntar.

