Llevan 62 años juntos. Tienen 12 hijos, 38 nietos y 17 bisnietos. Él, Leopoldo, de 89 años, le había pedido casarse muchas veces a Irene, su esposa, de 83. Pero ella nunca quiso dar ese paso, hasta hace cuatro meses, cuando sintió el deseo de tener la bendición de la Iglesia. Entonces, con esa confianza y la ternura de un gesto entre dos personas que pasaron más de la mitad de su vida juntos, Irene le propuso casamiento al padre de sus hijos quien aceptó de inmediato. Y ese pedido generó un movimiento inusitado. Es que cuando fueron a la parroquia, determinaron que les faltaban otros sacramentos previos al casamiento, por lo que en menos de 4 meses se bautizaron, confesaron, comulgaron, se casaron y hace unos días también se confirmaron y recibieron la unción de los enfermos.

Fueron seis sacramentos, de los siete que contempla la Iglesia católica. En general, simbólicamente abarcan casi toda la vida de los creyentes, pero en el caso de Leopoldo González e Irene Navarro fueron adquiridos en una carrera exprés. Para eso, tuvieron la ayuda del sacerdote de la parroquia de La Bebida, Daniel Sebastian, quien a su vez se mostró emocionado por la decisión de los abuelos de profundizar su compromiso con la fe.

Cuando fueron a hablar con el párroco y ante la falta de los otros sacramentos, entonces el flamante matrimonio por Iglesia, ayudado por sus hijos, los nietos y los bisnietos avanzó con los otros. El bautismo para Leopoldo fue muy emotivo porque, contó, su familia lo abandonó de muy chico y una señora lo rescató de entre la basura, para darle lo más parecido a una familia, pero nunca pudo saber si antes lo bautizaron.

La primera tanda de sacramentos, con el matrimonio como eje principal, fue cerrada con una cena familiar en la que no faltaron los souvenires y hasta una gigantografía. Y por supuesto, los recuerdos. Fue a los 27 años que Leopoldo conoció a Irene. Él llevaba papeletas para los regantes de Rodeo y en una de esas recorridas que hacía a caballo la vio. Se enamoraron y se fueron a vivir juntos. Llegaron los hijos, las alegrías, los sinsabores, pero siempre juntos. Por entonces Leopoldo quería casarse por Iglesia, pero Irene no creía que un papel los iba a unir más. Así que pasó el tiempo y el trabajo en el campo (en su querido distrito de Zonda donde cultivaron sus tierras) y los hijos siempre fueron prioridad. La vejez los encontró con algunas dificultades, por lo que una de sus hijas se los trajo a vivir a su casa del barrio Jardín, de La Bebida, para cuidarlos.

En los últimos años, los González perdieron a uno de sus hijos, Leopoldo sufrió un ACV que le dejó una hemiplejía, luego fallecieron dos nietitos, a Irene se le murieron todas sus hermanas en unos pocos años y en 2015 sufrió un ACV, que le dejó algunas secuelas psicomotrices.

“Pese a todo, sus ganas de estar juntos siguen intacta. Fue muy emocionante cuando mamá le pidió matrimonio a mi papá. Para la familia, todo esto es un sueño cumplido, que vino con el regalo de los otros sacramentos gracias al padre Sebastian”, expresó Rosa, la hija que tiene en su casa al matrimonio.

Leopoldo es más extrovertido, mientras que Irene es más tímida y respetuosa, al punto que a su esposo lo trata de usted. El souvenir de la fiesta de casamiento es como un libro, con frases que hablan del amor perenne, que no sabe del paso del tiempo. Y allí están los dos, en un comedor que junto a una ventana siempre tiene dos sillas juntas, esperando cada mañana por sus dueños.

“Al final ella me pidió casarnos, tanto que le insistí. Me tendría que haber hecho rogar un poquito, ¿no?”, bromeó Leopoldo.