Podría ser la imagen de una película de catástrofe en la que la tierra se dio vuelta y las personas caminan perpendicular a ella. Pero no. En realidad son personas que practican rapel. Este deporte se basa en escalar una montaña, colocarse un arnés y bajar agarrado de una soga y caminando por la pared del cerro. Aunque parezca difícil, esta disciplina puede ser practicada por cualquier turista que visite Jáchal, inclusive por los más chicos. DIARIO DE CUYO escaló una montaña de tierra rojiza y rocas movedizas para contar la experiencia.

Colgado en la cima de una montaña, en el medio del área protegida La Ciénaga, el instructor parecía flotar. Estaba a 25 metros de altura con respecto al descanso de la montaña y bajaba con sus pies colocados en la pared del cerro. Primero bajó lento, después soltó la soga para ganarle al tiempo. De golpe, la pared se terminó, había un espacio vacío antes de llegar al descanso. Entonces, tomó más velocidad, puso los pies firmes y cayó sobre el suelo del cerro levantando una fina polvareda roja. Todo duró menos de un minuto, pero la adrenalina logró detener el tiempo. "Es imposible que el soporte colocado en la montaña se salga, por eso, si se hace con calma es muy fácil", contó el instructor Jorge Lobos, mientras se sacaba el arnés.

Lo primero que hizo, antes de realizar la actividad, fue enganchar la soga de 60 metros de largo al mosquetón colocado en el cerro. "Para poner el soporte taladramos la montaña. Es tan seguro, que podría soportar hasta 3.000 kilos", explicó Lobos. Luego, se colocó el arnés y pasó la soga por el ocho enganchado a él. A partir de ahí, no quedaba más que implementar la técnica.

Se paró en el borde de la montaña y se dejó caer colocando sus pies sobre la roca. Puso la mano izquierda en la soga, a la altura de su cabeza, y sostuvo con la derecha el sector de la soga que estaba a la altura de sus riñones, para dejarla correr y bajar. Así, pudo caminar por el cerro, casi como si hubiera tomado un curso de hombre araña.


El camino en ascenso


Llegar a la cima ofrece recompensa. La Ciénaga se ve por completo desde el cerro de unos 200 metros de alto, así el paisaje verde se contrapone al marrón rojizo de las montañas. Pero para llegar allí hay que esforzarse. La montaña tiene piedras que se desmoronan a medida que sienten el peso. Por eso, hay que tener confianza y avanzar rápido así, el apoyo no se cae. Arriba, en cambio, las rocas son duras, por lo que desde allí sí se puede colocar el sistema para hacer rapel, sin temor a que se caiga.

Al llegar a la cima, el recuerdo del esfuerzo desaparece. Se puede vivir la adrenalina, ver un paisaje maravilloso, escuchar el silencio más absoluto y caminar sobre las paredes, practicando un deporte no apto para quienes sufren vértigo.