Un pequeño punto luminoso en el campo, casi imperceptible. ‘Parece que tienen fuego allá‘, dice un inspector de Flora y Fauna. En medio de la oscuridad de la madrugada, rápidamente toma unos binoculares y se sube a la parte trasera de una camioneta. Durante casi una hora sigue ahí, hasta que la luz desaparece y sus sospechas también.

Estos episodios marcan los días de las patrullas de la Dirección de Conservación y Áreas Protegidas de la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable. Ellos trabajan en la zona Este de San Juan, entre Caucete y 25 de Mayo, una área conflictiva en la que se une la aguda depredación de la flora autóctona y la caza furtiva.

El puesto de Control Fitosanitario de Vallecito es un lugar caliente y el mayor obstáculo para los infractores. Alrededor de él, entre el campo y los médanos, hay varias huellas marcadas por camiones y camionetas. Algunas de ellas ya llevan años; otras apenas logran distinguirse. Esas son las rutas que usan los depredadores para llegar hasta los lugares donde cazan desde guanacos hasta liebres criollas o cortan decenas de estacones de retamo.

A la medianoche, inspectores de Flora y Fauna y policías se ponen de acuerdo sobre qué huella cubrirán. A partir de los datos que tienen se repartirán las tareas. Las informaciones que les sirven de guía provienen de comentarios que les hace llegar la gente del lugar, siempre de manera anónima.

Esta es una época dura para ellos. Lo que sucede es que, ante la cercanía de las fiestas de fin de año, los cazadores salen en busca de presas que puedan comercializar a muy buen precio.

Por el camino que elijan, los inspectores llegarán en su camioneta hasta cierto punto y comenzarán a caminar. Como ya conocen los hábitos de los cazadores, saben que actúan entre las 3 y las 4 de la mañana. En silencio, con poco o nada de luz, hacen su búsqueda. ‘Últimamente nos encontramos con grupos de 10 o 15 personas armadas. Generalmente reaccionan de manera agresiva y, cuando están alcoholizados, se pone peor‘, comenta uno de ellos. Cuando se le pregunta cómo se protegen, inmediatamente saca del bolsillo de su camisa una lapicera. ‘Esto es lo que tenemos‘, dice. Luego detalla que, cuando encuentran algo, prenden una baliza de color naranja para que los agentes de la Policía Rural los vean y acudan a ayudarlos a enfrentar la riesgosa situación.

Este tipo de episodios hizo que, ahora más que nunca, cuenten con el apoyo de la Unidad Nro.1 de la Policía Rural, creada hace 9 meses y de Gendarmería Nacional. Y se suma un nuevo antecedente: sus acciones de decomiso tendrán el respaldo de la unidad regional entre La Rioja, San Luis y San Juan, en el marco del Sistema Federal de Áreas Protegidas (Sifap).