El parlamentarismo como forma de gobierno predominante en países europeos se caracteriza básicamente por la posibilidad de reelección indefinida del titular del Poder Ejecutivo llamado primer ministro, y por los votos de confianza que ejerce el congreso nacional sobre la continuidad del mandato del primer ministro, cuya significancia institucional consiste en la renuncia obligada del primer ministro en caso que el Parlamento le retira, mediante mayorías especiales, los votos de confianza. En tal sentido, mediante ese mecanismo institucional se logra el equilibrio entre los órganos de gobierno del Estado, de modo tal que, aún en caso de un mandato extenso esto es de varias reelecciones del primer ministro, el poder institucional del parlamento de poner fin al mandato mediante el retiro de los votos de confianza, en la práctica obliga al Poder Ejecutivo a mantener una de línea de conducta de marcada transparencia en los actos de gobierno.
En ese orden de ideas la existencia de un Poder Legislativo o parlamento fuerte con poder institucional decisivo impide que se desarrollen regímenes como el chavismo venezolano donde el titular del Poder Ejecutivo tiende a erigirse como gobernante omnipotente en detrimento de los principios republicanos. Sucesos políticos que también contribuyen a su generación, la insuficiente madurez cívica y/o el relajado estándar de exigencias de la sociedad o incompleta internalización de los principios republicanos, cuyas principales consecuencias son, entre otras: la afectación del pluralismo de ideas, la tendencia a la intolerancia o autoritarismo, falta de adecuada publicidad de los actos de gobierno, etc.
Ahora bien, el interrogante es si la mentada forma de gobierno sucintamente referenciada y propugnada por algunos sectores del gobierno nacional actual mediante la reforma constitucional, constituye un avance institucional para nuestro país que demanda o requiere la realidad política en aras de la consecución de la consolidación del Estado como fin superior: la dilucidación del planteo no puede escapar a las características político culturales de la sociedad argentina, que trasunta resabios de tradición caudillezca que podría definirse como: la necesidad de un pueblo en depositar sus destinos en un gobernante fuerte.
Bajo ese contexto el análisis de la prolongada permanencia de un sector en el poder no pueden si no auspiciar el adormecimiento de los ut supra referidos valores republicanos.
