"Si con esa chata levanta así, imaginate lo que sería con una Hilux", le comentó un amigo a otros dos en la puerta de la Dirección de Protección al Menor. Y los tres amigos soltaron una carcajada. Es que habían quedado estupefactos por el cuadro que tenían delante de sus ojos: dos chicas caminaban muy monas y orgullosas haciendo equilibrio por el cordón de la vereda para no caer a la cuneta ni pisar el asfalto. Disparaban risitas seductoras hacia el joven galán que, a simple vista, las atraía como con un imán. A pesar de que los autos le pasaban haciendo filito, él caminaba tranquilamente sobre la calle, tirando el tacho de 200 litros color naranja que el municipio de la Capital le montó en dos rueditas para que vaya juntando la basura de la calle. Del interior del recipiente asomaba la punta del palo de escoba con la que limpia la ciudad. Y, como era el mediodía y terminaba su horario laboral, ya se había sacado el chaleco refractario naranja que lo identifica como empleado municipal.

Mientras caminaba, les disparaba frases ganadoras a las chicas. Así, paso a paso, con una gorrita negra, remera rockera y aritos brillantes colgando de sus orejas, trabajaba y avanzaba estratégicamente en el juego de la conquista.

Pero la imagen del barrendero conquistador no sólo llamó la atención de los tres amigos que conversaban sobre la vereda de la calle Mendoza y Santa Fe, sino que revolucionó al público masculino que lo observaba atónito: los varones que cruzaban a pie la esquina se miraban unos a otros sin comprender cómo era posible; los automovilistas que esperaban el semáforo no reaccionaban ante la luz verde y hasta hubo comentarios por parte de un chofer de micros que llegó a sacar su brazo izquierdo y la cabeza por la ventanilla como para no fallar en la dirección de sus palabras de aliento y reconocimiento hacia el pibe.

Al parecer, esa no era la primera ni la última batalla que liberaba el barrendero. Un día después, el viernes, en la esquina de Mendoza y Rivadavia, mientras amontonaba con su escoba los papeles que la gente tira al asfalto, se lo vio nuevamente en acción, disparando con su lengua municiones de seducción hacia las chicas que caminaban por la vereda de la Catedral.