Varias veces estuvo a punto de secarse, pero siempre hubo retoños que lo salvaron. Por estos días, las ramas se doblan por la cantidad de frutos, que por decenas caen al suelo. El manzano es bajito, tiene un brazo cortado hace varios años y un tronco en forma de horqueta que sostiene una de sus grandes ramas. Está en el centro de una pequeña plaza, la única de Colangüil, Iglesia, que tiene una pared con una sola placa, un veredín y un mástil. Ese manzano es histórico porque bajo su sombra descansó Cornelio Saavedra, presidente de la Primera Junta, cuando estuvo confinado en San Juan, allá por 1814. En Colangüil, Saavedra sopesó penurias por su presente y, rodeado de pumas, el hombre permaneció refugiado allí durante un mes. El testimonio que recuerda aquel paso es el manzano, cuya plaza donde está ubicado entró en un plan de obras de la Municipalidad de Iglesia, mientras que desde la Dirección de Patrimonio Cultural informaron que buscan que lo declaren Patrimonio Histórico.

La historia de Saavedra y ese manzano es poco conocida. En 1811 Saavedra marchaba al Alto Perú cuando recibió la comunicación de que había sido destituido de la Junta y que debía dejar el mando del Ejército a Pueyrredón. Amargado, se dirigió a San Juan. Acá tenía amigos y se alojó en la casa de José Fernández Maradona (en lo que hoy es la esquina de Mendoza y Santa Fe) junto a su segunda esposa, Saturnina Otárola, y sus pequeños hijos.

Se quedó un tiempo y hasta pensó en dedicarse al comercio de hacienda y aguardiente. Pero su tranquilidad duró poco. La Asamblea del Año XIII, que lo consideraba hombre de sentimientos monárquicos, lo desterró a perpetuidad y le anunció que debía viajar a Buenos Aires, para subirse a un buque sin destino fijo. Saavedra vio que su futuro era negro y se escapó a Chile. Partió junto a su hijo Agustín, de 10 años, y acá en San Juan dejó al cuidado de los vecinos a su esposa embarazada.

En Chile se quedó en Coquimbo y luego en Santiago. Pero cuando las tropas españolas derrotaron a O’Higgins, Saavedra regresó a San Juan, en septiembre de ese mismo año. Y fue entonces que se quedó en Colangüil junto a un peón, enviando a su hijo y a un baqueano a la capital sanjuanina. Según contó en sus recuerdos y que reprodujo Fernando Mo en Cosas de San Juan II, Cornelio se alojó en casa de doña Angela Borja. Por entonces, Colangüil tenía tres casonas, separadas cuatro kilómetros una de otra. En ese lugar estuvo refugiado entre 28 y 30 días. Y no la pasó bien. Además de su pena, el estar alejado de su esposa, sus otros chicos y un hijo sin conocer, se sentía solo.

Saavedra definió Colangüil como un lugar "inhóspito" y recordó que cuando el peón se iba al poblado a buscar carne, él se quedaba en soledad y "rodeado por peligrosos pumas". En esos días, que según Saavedra eran de profunda tristeza, solía descansar bajo el manzano.

Mientras Saavedra se refugiaba en Colangüil, su esposa hacía gestiones para que lo dejaran acercarse a su familia sin temor a que lo detuvieran. Así fue que llegó incluso hasta el gobernador de Cuyo, José de San Martín, quien lo autorizó a llegar a San Juan capital. En marzo de 1815 volvió a Buenos Aires, aunque el confinamiento en San Juan recién fue levantado un mes después. Saavedra murió el 29 de marzo de 1829.