�Tras bajar una rampa roja, Dilma Rousseff se posicionó detrás de la tribuna, deslizó una breve sonrisa y con la voz inquebrantable se dirigió a los brasileños: ‘No diré adiós, estoy segura de que esto será un hasta luego‘.
Con total serenidad, Rousseff miró a las cámaras que abarrotaban el palacio presidencial de Planalto y mantuvo el pulso, como si el Senado no hubiera acabado de votar su destitución.
Pero Rousseff era consciente de que la Cámara alta la había despojado definitivamente del poder y, sin titubear, recalcó que con su destitución se había consumado un ‘golpe de Estado‘ en Brasil.
En la entrada principal de su residencia, de espaldas a una alta pared de azulejos dorados, Rousseff, vestida con un traje chaqueta de color rojo, el color que identifica al Partido de los Trabajadores (PT) cerró su historia como presidenta rodeada de sus más fieles escuderos, quienes la arroparon en su última foto de familia.
En la instantánea faltó su padrino y creador político, el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, quien se ubicó en un segundo plano, cediéndole todo el protagonismo a su pupila.
Con una mano en el corazón y la otra sobre la barbilla, Lula mantuvo la mirada perdida en el infinito, visualizando la destitución de su ahijada y el fin de 13 años de poder del PT. Mientras, Rousseff le elogiaba, repasaba el legado del PT y desgranaba los logros conseguidos por ambos.
‘Cuando Lula consiguió el poder en 2003 llegamos al Gobierno cantando juntos, diciendo que nadie debía tener miedo de ser feliz, miedo de tener esperanza, porque muchas veces nosotros luchando conseguimos alcanzar la esperanza y transformarla en realidad‘, recalcó Dilma. Además del apoyo de su séquito, la exmandataria también estuvo respaldada por un pequeño grupo de seguidores que se concentraron a las puertas de la Alvorada, la residencia con aires futuristas diseñada por el arquitecto Oscar Niemeyer y que ya espera a su nuevo inquilino.
