�Va a ser difícil entrar un domingo al mediodía al súper, justo al final del pasillo, y no ver a Antonio Gómez revolviendo esas paelleras gigantes. Con mucha gente al lado. Admirándolo por sus movimientos. Y esperando su turno. Sólo pensando que en casa comerían una paella de Los Gómez. Él era un verdadero artesano.
Lo hacía de memoria. Tal cual se lo enseñó su padre. Ese hombre que llevaba su mismo nombre y que les había legado a él y a su hermano Miguel un negocio con historia única. Antonio siempre estaba con un delantal blanco y tirando “bichos” de mar a ese arroz que se cocinaba lentamente en esas circunferencias gigantes. Y, cuando la paella estaba a punto, el propio Antonio largaba con la venta. En realidad servía con algunos de sus hijos y mandaba a la gente a pasar por caja, a pagar lo que llevaban.
Se lo va a extrañar al “Tonio”. Ese tipo bonachón que siempre tenía un saludo amable. Una frase de aliento ante algún problema. Una palmada en la espalda para demostrar apoyo. Ya venía mal. Su salud se había deteriorado en los últimos años y Antonio buscaba cómo hacerle frente a una situación difícil. Complicada.
Pero él tenía un carácter especial. Muchas veces aguantaba el sufrimiento por dentro. Gozaba de sus hijos teniéndolos al lado en ese lugar que pasó su vida. Trabajando con ellos. En el súper, ¿dónde más?
Por las mañanas daba gusto sentarse con él, o con su hermano Miguel, a tomar café (por ahí compartiéndolo con un par de churros) para hablar de deportes. En realidad de hockey sobre patines. Porque los Gómez estuvieron ligados de naturaleza al hockey. Y Antonio, por una u otra razón, siempre sacaba a relucir a su Olimpia del alma. Al equipo que lo tuvo como jugador, dirigente, hincha.
Hoy ese tipo bonachón, de carácter especial, ya no está con nosotros. Quiso el destino jugarle una mala pasada. Hacerlo partir al cielo. Porque Antonio, el “Tonio” del súper, seguro que va a estar en el cielo. Y no se extrañen que esté haciendo sus paellas. Porque eso lo llevó en la sangre desde que nació. Chau Antonio, el amigo por siempre…
Por Walter Cavalli – Diario de Cuyo
