Aquella cálida noche porteña nada podía distraer la atención. En esa marea humana que avanzaba a paso de hormiga rumbo a la Casa Rosada, serpenteando entre los vallados, al reparo de las cornisas recargadas de la Avenida de Mayo, nadie se fijó en ella. Al fin y al cabo, casi todas las noches se daba cita en el mismo lugar, sin llamar la atención en el ajetreo de la metrópoli. Sin embargo, su imagen no pasó inadvertida para el ojo del visitante, desembarcado en Buenos Aires exclusivamente por el fallecimiento del ex presidente Néstor Kirchner.

La mujer, de edad indescifrable por la contradictoria convivencia de juventud y deterioro físico en ella, reclinada sobre los desperdicios de una importante cadena de comida rápida, hurgaba las bolsas con afán. No buscaba restos de hamburguesas, sino servilletas de papel, cartones, hasta pañales, lógicamente usados y descartados como residuos. Todo lo que pudiese servir para el negocio del reciclaje, sin medir consecuencias sanitarias. A su lado, dos chiquitos vestidos con harapos intentaban aportar alguna colaboración en la ingrata tarea. Y otro más, un bebé en un cochecito desvencijado, no les perdía pisada. La mamá y sus tres hijos, aparentemente, se habían fusionado con el paisaje porteño. Y ni siquiera el duelo oficial había sido capaz de quebrar su rutina.

Al caminar varias cuadras, en dirección hacia el Congreso Nacional, apareció otro cuadro ya asumido por la ciudad sin que altere el pulso de nadie. Una persona convirtió parcialmente la vereda en dormitorio al aire libre. Un viejo colchón de dos plazas, una frazada y una almohada dispuestas contra la fachada de un cine cerrado, no distrajeron el paso de los peatones.

Han pasado dos semanas y media de aquel luctuoso jueves 28 de octubre. Y era lógico preguntarse si valía la pena pintar un cuadro tan lejano en geografía como en temporalidad. La respuesta surgió naturalmente: no describirlo, no sentirlo, no conmoverse, habría sido un pecado imperdonable. Tanto como el de aquellos que aceptaron estar anestesiados contra la realidad.