�El terremoto y sus réplicas de esta semana operaron al estilo de una gran metáfora. Como es sabido, cuatro días antes había temblado con parecida intensidad y tres antes se conoció el accidente con derrame de solución de cianuro en la mina de oro y plata Veladero. La explotación, a 4.500 m de altura, mira desde arriba a las poblaciones de los departamentos de Iglesia y Jáchal. En Jáchal, cuna de mi abuelo paterno y de mi suegro, se inició un fenómeno de histeria colectiva como lo denomina la psicología social. Su preocupación era y es por algo que no ocurrió y, cumplida una semana, intuimos que no ocurrirá: la contaminación del agua de beber. El agua para consumo humano, todos lo saben allí, no proviene del río sino de una vertiente en Huerta de Huachi que no se alimenta de la misma cuenca, esto porque el viejo río viene salinizado con boro y arsénico desde fuera del límite de San Juan.
¿Por qué la metáfora? Porque si los sanjuaninos siguiéramos la lógica de algunos jachalleros, nos tendríamos que ir seguramente todos de la provincia. De hecho, algunos que no tuvieron el suficiente coraje partieron luego del terremoto del 44 para no regresar. Era comprensible, barrios enteros se derrumbaron y hubo que velar más de 10 mil muertos. Pero no hubo éxodo en el ’77. Porque en lugar de irnos, sabiendo que en San Juan tiembla, hemos creado entes para podernos quedar con una seguridad razonable, el Inpres, Reconstrucción en su momento y Planeamiento. Unos dictan las normas de construcción sismorresistentes y otros exigen y controlan su aplicación. Ya vamos por 700 mil habitantes que no gozamos de seguridad absoluta, que nadie puede ofrecer, pero se ha creado una ecuación que combina fortaleza de estructura y costos de tal manera que nuestras edificaciones pueden soportar esfuerzos suficientes para dejarnos a salvo, como se volvió a comprobar esta semana.

Del mismo modo, la operación minera de Veladero en el departamento Iglesia y de las otras tienen un riesgo calculado, incluso también para movimientos sísmicos. Nadie puede garantizar absoluta seguridad en ninguna operación humana, a la NASA le explotó el transbordador Discovery, sólo por citar algún ejemplo palpable. La cosa consiste en que el riesgo sea mínimo y compatible con el beneficio a obtener. Que un accidente o lo que fuere que ocurrió con el derrame de solución cianurada a 150 partes por millón pueda pasar, está previsto en las páginas de la Declaración de Impacto Ambiental. No representa novedad alguna. Del mismo modo su forma de control, remediación si fuere necesario, mitigación de daños y contratación de seguros para garantizar que, llegado el caso, esté la plata para lo que haga falta.
El problema no consiste en negar los accidentes, sino en prevenir su existencia y reducir también al máximo posible los daños eventuales con protocolos estrictos, que es por lo que usamos cabezales en los asientos de los autos, llevamos los niños atrás y ahora tenemos bolsas de aire múltiples en algunos modelos.

Lo que ha pasado hasta ahora en Veladero, y ya cierra una semana desde que el accidente ocurrió, es una muestra de que el sistema previsto funciona. No se ha reportado daños humanos animales ni vegetales ni de contaminación peligrosa de agua, aire o paisaje. Las muestras tomadas tanto por la autoridad policial minera, la propia compañía como por los pobladores de Iglesia, no han detectado daño alguno aunque sería lógico que alguno hubiera, restringido eso sí, a los parámetros previstos en la DIA.
El proceso de investigación es correcto como los que se practican después de la caída de un helicóptero, avión o tren, por citar hechos recientes y conocidos. Se debe saber con precisión por qué pasó lo que pasó para que no vuelva a ocurrir, por lo menos por las mismas causas o de la misma manera. El sistema quedó probado y en un hecho concreto, no en las simulaciones de laboratorio que son útiles pero nunca adquieren la precisión de la realidad. Con el terremoto, hubo daños menores en escasas viviendas de adobe de tres o cuatro departamentos. Hemos hecho lo posible y lo vamos consiguiendo para no tener que irnos de San Juan.

Con el derrame de cianuro, alguna afectación habrá habido pero ninguna que justifique ni por lejos que cerremos las minas como piden algunas voces interesadas y otras exageradas. Con el sismo, las construcciones aguantaron. Con el derrame, los sistemas previstos funcionaron. Desde el segundo relato del Génesis sabemos que hay que trabajar para vivir. Es un mensaje que no deben ignorar los amigos de Jáchal.