El grito le salía de las tripas: ‘¡Dale, Cris! ¡Dale, Morocha, que estamos con vos!‘, aullaba un veinteañero enfundado en una remera de La Cámpora, trepado a medias sobre una valla de contención y sobre la espalda de un compañero. Su voz lograba sacarle algunos cuerpos de ventaja a los cientos de voces apiñadas que salían desde atrás de esa reja como una jauría desbocada, durante los minutos que Cristina Fernández se tomó para recorrer la pasarela donde las primeras líneas de los más de 4.000 miembros del público la tocaban, le gritaban, le pedían, le agradecían y le cantaban, confirmando ese romance que ya es folclórico para las visitas de la Presidenta a San Juan.

Esos veinte metros alfombrados sobre el piso de tierra, en pleno Parque Solar Cañada Honda, terminaron siendo la representación perfecta de la relación entre CFK y su público: con ‘Avanti Morocha‘ arreciando desde los parlantes ubicados afuera, la mandataria avanzó estrechando manos, besando criaturas y recibiendo cartas de la gente que había estado más de cinco horas parada entre el sol hiriente y la polvareda sólo para poder verla de cerca.

Esa espera había tenido su propio in crescendo desde poco después del mediodía en la localidad sarmientina. Las decenas de micros contratados se detenían el tiempo mínimo sobre la ruta 153 y, con el motor sin apagar, empezaban a descender los seguidores de Cristina. Los más jóvenes llevaban sus remeras de militancia, en especial con las leyendas de la JP y de La Cámpora, y casi todos desplegaban pancartas y carteles ni bien se apeaban. Y no faltó el glamour pejotista local: las remeras con la cara de Gioja y la leyenda de ‘El Flaco‘ estampadas.

A medida que se ubicaban en las sillas dispuestas afuera para seguir el acto en una pantalla, o a su alrededor, las personas hacían lo que podían contra la insistencia del Sol. Los más precavidos desplegaban sombrillas y reposeras, otros usaban remeras, y las botellas con agua pasaban de mano en mano. De todos modos, al ingreso había un stand con dispensers y vasitos provistos por OSSE, para todo el que quisiera refrescarse un poco.

Entre tanto gentío heterogéneo llamaban la atención algunos grupos de nenas con vestidos criollos y pañuelos: eran de los cuerpos municipales de danza de Sarmiento, y habían ido con su atuendo de gala y sus banderines para recibir a la Presidenta.

Semejante bienvenida tenía un doble hilo conductor. Por un lado, la puesta en práctica del mandato de la militancia, expresada sobre todo en la guerra de banderas; por el otro, una explosión de argentinidad que terminó anclando perfecto en la misma semana en que el Gobierno decidió expropiar el 51% de YPF, lo que generó la inmediata reacción adversa de Repsol y del Gobierno español.

Precisamente en ese caldo celeste y blanco se cocía la multitud mientras esperaba a Cristina. El arribo de los helicópteros le soltó la rienda a la adrenalina y la aparición de la imagen de CFK en la pantalla gigante fue apoteótica. Había unos 60 metros entre el atril que ella ocupó junto a los paneles solares y el grueso del público que la aclamaba, pero la pantalla eliminaba esa distancia.

Durante el acto, otra vez existieron picos en el aplausómetro (ver arriba). Pero nada se comparaba a lo que estaba por venir: la cereza de la torta, la recorrida a paso lento por esa pasarela que la estrechaba y la mimaba, cuando el Sol de la tarde sanjuanina ya se estaba yendo y la Presidenta le seguía los pasos rumbo al aeropuerto Domingo Faustino Sarmiento, con la promesa solemne de volver en septiembre u octubre próximo.