Poco tiempo atrás se ha logrado construir el primer automóvil con una impresora 3D. Aquél sistema que pensamos resultado de la imaginación de los productores cinematográficos de Misión Imposible, es hoy una realidad tangible que estará disponible para todos en un futuro que está a la vuelta de la esquina. Lo más interesante es que esa estructura compleja, como es la carrocería de un vehículo, en este primer experimento ha utilizado fibra de carbono, pero está pensada para tener como materia prima un bioplástico derivado de la soja. Más claro, se harán autos de soja. Hay otra consecuencia que no es científica o tecnológica sino también social y política. En la etapa que viene, que podría caracterizarse como la nueva revolución industrial o la revolución industrial del siglo XXI, el centro no estará puesto en las ciudades, como ocurrió en la Inglaterra del siglo XVIII, sino en el campo. Se cambiará el sentido de las migraciones. Argentina, poseedora en abundancia de los nuevos insumos de este proceso, agua, tierra, extensión, emprendedores, podría ser un gran centro mundial de las nuevas fábricas que no serían ya las que emitan gases que contaminan el ambiente sino que lo purifican consumiendo el bióxido de carbono mediante el proceso de fotosíntesis, porque las fábricas serían las plantas.

Esto no es una novela de ciencia ficción sino algo que ya está en curso al punto que hay en San Juan al menos dos empresarios que abordan lo que se llama genéricamente ‘gestión de la fotosíntesis’ y que ya aplican en sus campos los hermanos Grobocopatel. Tanto Pedro Olivera, sí, aquél arquero de Chacarita que conocimos tiempo atrás, como Antonio Giménez, quien ocupó el Ministerio de la Producción en la primera gestión de Gioja, tienen dificultades para hacernos entender de qué se trata. La misma que tuvo hace un par de décadas en la Facultad de Filosofía un europeo que intentó sin éxito hacernos entender lo que él llamaba PCS, sistemas personales de comunicación que, según decía revolucionarían nuestra vida y que hoy usan familiarmente los chicos con el nombre de ‘celulares’. Así como nos costaba entender que podríamos mandar telegramas por un aparato personal o fotos o videos instantáneamente a la velocidad de la luz a cualquier lugar del mundo y prácticamente sin costo, nos cuesta hoy hacernos la idea de un BM de soja.

Se nos informa que se ha logrado crear una bacteria sintética, es decir, hacer vida artificial, vida donde antes no la había. Eso va a permitir elaborar plantas vegetales de la misma manera que se diseña una materia inerte para que funcionen como queramos, como si fueran una fábrica. Esos nuevos organismos resistirán la sequía, la salinidad, el frío y hasta podrán reemplazar reactores eléctricos y producir resultados que hasta ahora se imaginaban sólo en los procesos industriales. En nuestro San Juan es clásica la poesía de Antonio de la Torre ‘Mi padre labrador’ en la que describe más que la labranza, la siembra. ¿Por qué? Porque en su época y hasta en la nuestra se pensaban las dos cosas juntas. Esto también cambia. El método de siembra directa es sembrar sin labrar, es más, el sembrador es ahora lo opuesto al labrador. Durante los últimos 5.000 años los seres humanos, se dice, no hemos hecho otra cosa que gestionar el deterioro de los campos, con esto nuevo se gestionará la recuperación de los suelos. Se afirma que por primera vez en la historia se dejará a las nuevas generaciones mejores tierras que las que se recibieron. La semilla será un chip cargado de información genética recubierta por sustancias que colaborarán a esa mejora. Un sistema de drones vinculado a controles manuales tipo tablet o celulares será usado para controlar la evolución de las siembras tratando cada metro cuadrado como un individuo y no como la parte irrelevante de una gran extensión. El dron será a la planta lo que el microscopio fue a la medicina permitiendo conocer en detalle y al instante la situación y necesidades de cada mínima parcela.
Un grano de sorgo, que era visto como alimento directo o indirecto proveyéndolo a los animales, podrá imaginarse como un futuro polímero, biocombustible o biopesticida degradable. Este extraordinario salto tecnológico del campo será la parte más acelerada de la impresionante curva de producción que hemos visto, incluso en San Juan, en las últimas décadas, por ejemplo, con el tomate. Hay una mirada puesta en las algas, que producen 90 veces más proteína que la soja y 30 veces más aceite y que no necesitan tierra ni agua limpia sino que pueden nutrirse de aguas servidas y pueden tener como territorio la terraza de un departamento. Lo más fantástico será el reemplazo de los plásticos contaminantes por bioplásticos degradables así como de otros materiales para los usos más diversos. En definitiva, estas nuevas ‘fábricas’, que serán plantas, resultado de la intervención de la nanotecnología y de este proceso llamado gestión de la fotosíntesis, no solo no contaminarán sino que combatirán el efecto invernadero consumiendo el gas carbónico. No es el futuro, es el presente aunque, aún, poco generalizado. En San Juan ya ha comenzado.