Es improbable que alguien vaya a negarle educación a los alumnos de una escuela rural por el sólo hecho de ser chicos ajenos a la ciudad. Sin embargo, para la gente de El Encón (25 de Mayo), la negativa reiterada de tener el nivel secundario completo en la Escuela Albergue Juan Carlos Navarro roza con ese argumento. A punto tal que Rosa Hernández, mamá de tres adolescentes, disparó el juicio espontáneamente: "Hay niños muy inteligentes en el campo y tienen los mismos derechos que los que viven acá en el centro" ¿Estuvo de más la aclaración?
El jueves 13 de noviembre del año pasado fue inaugurado el edificio nuevo del albergue y la comunidad festejó el gesto de atención oficial, luego de transcurridos 30 años del terremoto que derribó el inmueble original. El martes 6 de mayo del año pasado, los pibes de esta escuela, aún sin aulas nuevas, emocionaron a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en la Casa Rosada cuando presentaron su proyecto para limpiar el agua de arsénico que beben los veinticinqueños de El Encón.
Hoy la escuela tiene 304 inscriptos, de los cuales 96 pasan sus días en el albergue. El ciclo educativo se termina en el tercer año del secundario. Sólo la directora escolar recuerda desde cuándo deambula por el Ministerio de Educación el expediente que debería crear los cargos para lograr la terminalidad del nivel secundario en ese mismo establecimiento. Mientras, al finalizar cada ciclo lectivo, 40 pibes quedan con la educación trunca. Los que pueden, comienzan un difícil peregrinar para estudiar en Caucete o en la Ciudad de San Juan.
"Yo desgraciadamente no terminé la escuela porque a mi madre no le alcanzó. No quiero que a mis hijos les pase. Quiero que mis hijos lleguen a ser alguien", sostuvo Rosa, rayando la obviedad nuevamente. Tal vez sea necesario decirlo. Pero fundamentalmente urge que alguien lo escuche.
