Se cumple la cuarta semana desde que ocurriera el accidente en Veladero, un derrame de líquido cianurado que ha sido y está siendo motivo de múltiples y diversas discusiones en ámbitos locales y externos. La evidencia, a esta fecha, es que la consecuencia ha sido mala en lo verbal y totalmente neutra en lo material, humano, vegetal y animal. Las lenguas de Domingo Jofré y Saúl Zeballos, dos conocidos anti mineros jachalleros, han sido más corrosivas que los líquidos ácidos y alcalinos que circulan por la explotación del Valle del Cura. Más que agua contaminada corren papeles con letras y números escritos que suponen ser representaciones del hecho. Contra eso está la incontrovertible realidad del mundo físico-químico en que la tierra y el agua conviven con seres vivos que no han registrado daño alguno. “No ha muerto un solo bagre” expresión simple y exacta de la consecuencia. Pero esta evidencia no parece suficiente para quienes prefieren la virtualidad de sus creencias y la tinta a lo que aparece ante sus ojos. Tiene sentido, porque hay quienes se aferran a lo que desean ver y cuando el espejo muestra un rostro distinto rompen el espejo.

No está mal la militancia anti minera, como ya lo afirmaba Platón en La República, en libertad y democracia no se necesita ser experto para hablar en la plaza y todos tenemos el derecho de hacerlo. Lo que está mal y carece de ética es que los anti mineros cambian la química por la ideología y la ciencia dura por algo más blando como el discurso político. También cambian el presente, que se puede medir, por un futuro incierto. Así, imaginan males que ocurrirían en tiempos distantes que nadie tendrá ocasión de verificar. Fácil, si no ocurre hoy, podrá ocurrir más adelante. ¿Cuándo? No sabemos pero, ¿y si…?

El artículo 156 de nuestro Código Penal reprime al que teniendo noticia de un secreto cuya divulgación pueda causar daño lo revelare sin causa justa. Esto por razón de su estado, oficio, empleo o arte. En esta forma típica puede quedar incursa la Lic. María Esther Barbeito quien habría entregado sin autorización los datos de un análisis permitiendo una lectura periodística inducida por los intereses personales de Jofré y Zeballos. Resulta claro que no es válido comparar una muestra con un parámetro universal sino con muestras previas de la misma materia en el mismo lugar. A esto se llama línea de base, que es la que se toma para toda sustancia antes de que una actividad humana pueda modificarla. La comparación es la que permite saber si algo cambió o no. El río Salado, que por algo lleva ese nombre, es el que luego se transforma en el Blanco. Nace como agua dulce en Catamarca y luego pasa por un tramo en que adquiere cloruros y sulfatos. Por otra parte y según estudios tomados por misiones antiguas de Recursos Energéticos de la provincia, el boro y otros metales son de origen termal y aportados en el Valle del Cura. Esa línea de base de agua no apta para consumo humano es la que debió compararse con las muestras tomadas después del derrame. No cabe al más mínimo tratamiento científico comparar con el Código Alimentario como tampoco valdría comparar con un agua mineral embotellada, porque es de suyo que esa agua no es potable ni lo fue, ni lo será. La citada profesional ya tiene antecedentes de hacer prevalecer su ideología por sobre la verdad de los tubos de ensayo. Está acusada de fraguar informes para impedir el desarrollo de un emprendimiento en la frontera entre San Juan y Mendoza. El título con que la revista “Unidiversidad” de la UNCuyo arranca resumiendo el informe de laboratorio recuerda el estilo directo y agresivo que todos reconocimos en el diario Crónica de Héctor Ricardo García y que le hiciera pasar por numerosos procesos judiciales hasta terminar su vida en la cárcel. “El derrame de la Barrick envenenó el agua de Jáchal”. Raro para provenir de una academia de larga trayectoria como la UNCuyo, baja calidad de redacción con estilo impropio de los claustros. Digamos, de paso, que en el aspecto específico la UNCuyo, de gran prestigio en otras materias, no alcanza a la autoridad del más que centenario Departamento de Minas que inspiró Sarmiento ni de los laboratorios de San Luis, viejas ramas de la UNCuyo. La única razón para que la UNCuyo publicara ese informe sería por la autorización previa de quien lo encargó, el municipio de Jáchal, o si hubiera en el medio un convenio que declarara explícitamente el carácter no confidencial de los resultados o el derecho de las partes a compartir la información. Recién el viernes rompió el silencio el intendente Barifusa dando cuenta de que la relación se estableció irresponsablemente por teléfono y por pedido del militante Zeballos. La oportuna ausencia del rector de la UNCuyo, de viaje a España de vacaciones pagas con el gobernador electo de Mendoza, le quita peso institucional a la ambigua respuesta del vicerector que se esfuerza y consigue no decir nada. Imaginen que lo informado por Unidiversidad con ese título fuera cierto. Cualquier persona en sus cabales tomaría cuenta de la gravedad, informaría a las autoridades competentes para que manejaran la información con la mayor prudencia para no generar pánico y que se pudiera diseñar remedios y acciones, aun las más drásticas. Lo contrario de lo que ocurrió.

¿Qué mente puede imaginar que alguien, sea la empresa, el intendente, cinco laboratorios, los medios de comunicación… se pusiera de acuerdo con la finalidad de envenenar a un pueblo entero? Incomprensible. Mientras, pacíficamente como transcurre su vida, los iglesianos se preparan para la mejor temporada turística de muchos años con el espejo de agua rebalsando para goce de pescadores y windsurfistas y con las truchas esperando el combate cuerpo a cuerpo con las moscas. Como en otros buenos años, como siempre.