Muy lejos del romance de telenovela rosa, Juan tuvo que cargar en brazos a su esposa cada vez que la silla de ruedas topó con el marco de alguna puerta. La pareja debió incorporar el artefacto rodante hace un par de décadas, cuando ella dio a luz y el parto trajo complicaciones insospechadas. Juan no se queja. La suerte cambió.
Dos de cada diez hogares argentinos tienen al menos una persona con capacidades especiales, según la primera encuesta nacional de personas con discapacidad, realizada por el Indec en el período 2002-2003. Son los últimos datos oficiales disponibles. Puesto en números, esto significa que en Argentina hay 1,8 millón de hogares como el de Juan.
Su familia fue una de las afortunadas en septiembre del año pasado, cuando el bolillero de la Caja de Acción Social repartió las 2.271 casas construidas con recursos del Plan Federal II. Nueve meses después tuvieron la llave de la vivienda en Rawson. Entraron en el grupo de las 129 casas adjudicadas a discapacitados motrices, equivalentes al 5 por ciento del total a entregar. Otro 5 por ciento fue para discapacitados con otras afecciones.
Con asombro, Juan contó la primera experiencia en la casa nueva. Sólo alguien en sus zapatos habría comenzado por la anécdota del baño: su esposa pudo entrar por sus propios medios, desplazarse con holgura entre los sanitarios, asirse de los barrales para llegar a la silla dispuesta debajo de la ducha. Juan no reparó en ninguna otra característica de la construcción.
Como nota al margen quedó la demora excesiva en la Municipalidad de Rawson para obtener el papel necesario para pedir la energía eléctrica. La avalancha de 300 adjudicatarios juntos de tres barrios entregados simultáneamente- desbordó las oficinas de atención al público.
También quedó como nota al margen la misión encomendada a su hija: ocupar inmediatamente la casa sin luz ni posibilidades de calefacción en pleno invierno, para evitar sorpresas desagradables como la eventual usurpación o el vandalismo.
Juan es un nombre ficticio, pero su historia, real. Juan no se queja. La suerte cambió. Su historia posiblemente sea semejante a la de muchos otros sanjuaninos y argentinos. Según el Indec, el 7,1 por ciento de la población tiene alguna discapacidad, con mayor prevalencia en mujeres que en varones. Lejos de la novela rosa, cerca de la vida real. Aunque al 93 por ciento restante, el asunto le resulte ajeno, extraño.
