El mejor resultado, en el conjunto. Es la frase que escuchamos al ver la película ‘Una mente brillante‘ que relató la vida pero también la teoría de juegos cooperativos desarrollada por el matemático premio Nóbel John Nash. Haciendo un poco de memoria, el personaje ingresa junto a tres amigos a un lugar bailable y encuentran cuatro chicas de belleza variada, una muy linda, dos que dan el promedio y una más bien fea. Uno de los acompañantes de Nash se tienta rápidamente por invitar a bailar a la más atractiva, pero el matemático lo contiene. ‘Si lo haces y fracasas, ninguna otra querrá ser segunda opción y te quedas sin bailar. Por el contrario, si lo intentas con la menos agraciada tendrás muchas más posibilidades de ser aceptado. Luego, las demás querrán seguir a su amiga y lo más probable es que todos terminemos disfrutando la noche‘.

En caso de seguir el primer instinto que es el de obtener la mayor ganancia posible sacando a la más linda, se pondría en riesgo la ganancia de sus amigos y de las amigas de la chica. Él podría tener para sí, posiblemente, una gran noche pero no las restantes seis personas. Para ganar los ocho, aunque de manera más modesta, sería conveniente tomar otra estrategia que es la de obtener la mejor ganancia posible, pero en el conjunto, no tomando la perspectiva individual, sino la de todo el grupo.

Esto es algo muy parecido a lo que les reclamamos a los dirigentes en general y, sobre todo, a los dirigentes políticos. La teoría de los juegos cooperativos enfocada en el llamado ‘equilibrio de Nash‘ nunca fue tan aplicable como ahora en la Argentina considerando la composición de las cámaras del Congreso, sobre todo Diputados, donde ningún partido o alianza ha quedado con mayoría propia. Las estrategias de cada cual son previsibles porque ya quedaron explícitas en las campañas. Si cada cual siguiera con la estrategia prefijada, el resultado también es previsible dejando al país en probable carencia de gobernabilidad. Por el contrario, con posterioridad a un análisis prolijo del contexto, es decir, de lo que efectivamente quedó del resultado electoral, es necesario que cada parte, cada cual con la responsabilidad que le asignaron las urnas, modifique sus planes a efectos de lograr un equilibrio estable durante los próximos años. Si alguien pretende hacer su voluntad sin considerar a los demás, estaremos en problemas, porque la sociedad ha decidido, como pocas veces antes, repartir el botín del poder de tal manera que se obligue a los participantes del juego a negociar para lograr mayorías que pueden ser permanentes o circunstanciales para seguir adelante pero, por sobre todo, para que nos vaya bien a los que estamos lejos de administrar la toma de decisiones en cuestiones macro que no se muestran a nuestro alcance ni lo podrían estar.

Aquí hay una diferencia clave con el ‘dilema del prisionero‘ que suele darse como ejemplo de la falta de cooperación. Se trata de varios imputados de un delito sin testigos presenciales, así que la única forma de que alguien vaya preso es que uno o varios de ellos intente salvarse y acuse a los demás. Es obvio que si ninguno ‘canta‘ se benefician todos, pero casi siempre ocurre que el ofrecimiento de la fiscalía a uno para que él se salve, lo transforma en el único acusador y los demás pierden. La diferencia en democracia es que las partes no están aisladas como en la prisión y pueden trasladarse información unos a otros. Es más: lo pueden hacer de manera pública en los debates del Congreso y a través de los medios de comunicación, que suelen oficiar en estos casos como parlantes para trasmitir mensajes. Es una gran ventaja saber hasta dónde está dispuesto el otro a negociar o cuáles son sus términos.

Recientemente, es posible que en aplicación de este concepto matemático que por supuesto ningún economista desconoce, Rogelio Frigerio, futuro Ministro del Interior, economista él, avanzó rápidamente ofreciendo una zanahoria muy esperada por los gobernadores, como es el inicio de un diálogo para que las provincias recuperen la gran parte perdida de los fondos de coparticipación, tres cuartos de las cuales se deja hoy el Estado nacional. El mensaje no es sólo económico, sino que es también un mensaje de carta de paz que difiere notablemente del látigo o el beso a que estaban acostumbrados con Cristina. Látigo para los indóciles, beso para los amigos. Los jefes de distrito podrían gozar de niveles mucho más amplios de independencia y ya no tendrían que estar pensando en la alternativa de cambiarse de bando para llevarse bien o ser reducidos a la miseria si se portan mal.

Hay dos alternativas. La búsqueda de una alianza legislativa estable para los cuatro años que debería darse de la segunda minoría para abajo llegando al número mágico de 129 diputados para constituir quórum o ir trabajando laboriosamente caso a caso. El problema del caso a caso es que suele ser muy caro y puede transformarse en extorsivo, como le pasó a De la Rúa. La alianza inicial y permanente requiere de un esfuerzo original muy grande pero después se duerme más tranquilo o se soporta de vez en cuando un sofocón pero no todos los días.

Una muy buena señal fue el retiro de los diputados de La Rioja en la sesión de la semana pasado en la Cámara Baja cuando se pretendió y logró dar media sanción a algunas leyes con el kirchnerismo en retirada. Un éxito así no lo sería para el conjunto y más bien alienta un clima de confrontación con cada cual siguiendo su estrategia. Otra buena señal es el deseo hecho conocer desde las provincias peronistas de que un legislador experto, moderado y ducho en las crisis como cuando le tocó dirigir la bancada peronista en el senado de 2001, José Luis Gioja, sea quien conduzca a la primera minoría en oposición desde diciembre. Señal distinta al anhelo de Cristina de que sea Mariano Recalde, en representación de La Cámpora, quien lideraría una oposición más sangrienta con la que todos perderíamos. Es hora de que la ciencia matemática aplicada a la política dé tan buenos frutos como suele darlos en Europa, donde los juegos cooperativos son de aplicación obligada porque nadie logra nunca más del 30 por ciento de los votos. El resultado óptimo, pero no en soledad, en el conjunto.