De cada 10 personas que acostumbraban cenar fuera de casa, en algún restorán, parrillada, lomoteca o similar, 7 lo hacen con menos frecuencia desde la última crisis. El dato surgió durante una charla dirigida a un selecto grupo de exportadores de vinos, la semana pasada, en un coqueto hotel sanjuanino. La lectura quedó implícita: si la gente sale menos, consume menos bebidas alcohólicas y el vino cae en forma proporcional.
Sin embargo, más allá de la cifra -exactamente se dijo que el 68 por ciento de la gente cena afuera con menor frecuencia- y de su impacto económico en el sector exportador, el dato revela algunas cosas más. Todas giran en torno a una sola idea: la privación de un momento de esparcimiento. O bien: el recorte del brindis. Y todo lo que ello implica.
Tal vez suene frívolo el sólo hecho de notarlo. Posiblemente así lo sea, en un país donde el tema de debate gira en torno a la pobreza y las familias que apenas juntan la moneda para almorzar, o los jubilados que ganan la mínima y dudan entre comprar un chocolate para los nietos o pagar la boleta de la luz. Visto así, hablar de los brindis perdidos puede sonar a nimiedad.
O no. Tal vez el recorte del brindis sea simplemente la cara más simbólica de los momentos de sonrisas perdidos, aquellos ratos compartidos que también cayeron debido a los bolsillos flacos.
En el Diccionario de la Real Academia Española, el brindis es la acción de manifestarle al otro el bien que se le desea, copa en mano. Aunque no se diga nada, el sólo acto contiene un buen augurio. Sólo se brinda con quien se comparte algo bueno. La voz criolla "salud" lo sintetiza todo.
De acuerdo a las reglas de protocolo y etiqueta, brindis es una expresión que viene del alemán "bring dir’s", que significa "yo te lo ofrezco". La expresión ser remonta al siglo XVI, cuando el ejército de Carlos V celebraba una victoria sobre su oponente, alrededor del año 1.530.
Tal vez cenar fuera de casa con menor frecuencia no sea equivalente a brindar menos. Pero quién podría pensar que el recorte del presupuesto familiar no llegará a la propia mesa hogareña también. La experiencia personal del lector abonará esta idea seguramente. En cualquier caso, para brindar, además del vino, hace falta el ánimo que tampoco abunda en épocas de vacas flacas.
Por eso, el dato de los argentinos que salen a cenar fuera de casa con menos frecuencia significa algo más que una simple pérdida de mercado.
Con el permiso de Andrés Calamaro: "porque la vida es dura, por el fin de la amargura, brindo porque me olvido los motivos por que brindo".
