De pronto, la Ciudad de San Juan parecía Washington. O algún pueblo en guerra. Pero no por el monumentalismo de la primera ni la desolación de lo segundo, sino por el reguero de policías, gendarmes, patrulleros, motos al vuelo con la sirena encendida, caravanas de autos de cientos de miles de pesos desfilando con sus vidrios polarizados y sus banderas internacionales flameando con el viento Sur. Los lugares elegidos como escenario para la Cumbre del Mercosur se convirtieron en fortalezas custodiadas por agentes y guardaespaldas, con detectores de metales y con lentes oscuros. Pero, aunque hubo sitios directamente infranqueables, hubo una marca común: lejos de la imagen de custodios repartiendo codazos, cada punto de control fue una posta de amabilidad y corrección, tanto para dar acceso como para prohibir el ingreso.
El "buenas tardes", el "gracias", el "un minuto por favor", todas las fórmulas de cortesía se repetían en los detectores de metales del Centro Cívico. También sucedía afuera, en los accesos al vallado que cortaba el tránsito a la Avenida Central, donde los gendarmes (armados como si estuvieran en Irak) y personal de Cancillería y de Presidencia de la Nación chequeaba credenciales y DNI.
Lo mismo pasaba en el corte vehicular de Central y Circunvalación, camino al Del Bono Park Hotel. La orden de restringir el ingreso se cumplía a rajatabla. Pero con un pedido de disculpas por parte de quienes cerraban el paso. Y por calle Laprida, en la cuadra del Alkazar Hotel, los uniformados de la Policía Federal y los custodios del interior del hotel daban explicaciones muy amables de por qué nadie podía permanecer allí. Lo hacían aún dentro de su estampa de intercomunicadores con auriculares y detectores portátiles de metales.
Igual, la presencia de tanta seguridad crispaba a más de uno. Temprano, en la Peatonal Maestro de América había 8 policías federales, con sus respectivas motos, por la visita de funcionarios a la Casa de Sarmiento. Pero si bien muchos se cruzaban de vereda porque intuían que había algún conflicto con tantos policías juntos, éstos aprovechaban y se hacían fotos con el museo de fondo, y junto al dinosaurio de la Secretaría de Turismo.
La llegada de cada Presidente era un despliegue que rajaba el ritmo habitual. El corto viaje de Cristina Fernández, desde Chimbas hasta el hotel en la Avenida Central, se hizo en una caravana de 15 vehículos, incluido el minibus Mercedes Benz que los trasladaba a ella y a Néstor Kirchner. Por su lado, Evo Morales avanzó en una caravana más corta, pero precedida por 6 policías en moto, 4 de ellos parados sobre los pedales. Y todos con la sirena encendida.
Incluso el paso de Cristina por la flamante escuela Alvar López tuvo esa constante: seguridad extrema, pero conflicto cero. El cerradísimo cerrojo que rodeaba a la Presidenta contrastaba con algunos detalles muy coloridos en el dispositivo. Por ejemplo, que el vallado colocado dos cuadras antes del colegio eran apenas cintas plásticas de "peligro" enroscadas de árbol a árbol (lo que hizo que el minibus avanzara a paso de hombre porque todo el mundo se lanzaba sobre el vehículo para saludar al matrimonio K); y que en el vallado del patio de la escuela, que debía separar la zona segura de la liberada, estaba poblado de chicos que jugaban, se columpiaban y cruzaban de un lado a otro.
Sólo una sospecha de bomba en el aeropuerto Sarmiento puso en alerta la seguridad, cuando la Policía encontró un bolso abandonado en el estacionamiento, pero fue sólo una falsa alarma. Y en ese mismo lugar los periodistas debían pasar por el detector de metales cada vez que entraban y salían, pero siempre, sin excepción, ante la indicación cortés de los custodios.

