Retumbaron intolerantes las expresiones del escritor luso José Saramago, fallecido la semana pasada, cada vez que hizo referencia a cuestiones de fe. "Dios, el demonio, el bien, el mal, todo eso está en nuestra cabeza, no en el cielo o en el infierno, que también inventamos. No nos damos cuenta de que, habiendo inventado a Dios, inmediatamente nos esclavizamos a él", declaró el autor en la víspera del lanzamiento de su última obra, "Caín". Semejante arenga en contra de la fe hirió la susceptibilidad de instituciones como la Iglesia Católica, pero especialmente lastimó la esperanza de aquellas personas que en una plegaria encuentran el consuelo a sus desventuras.
Aún cuando pueda compartirse el punto de vista acerca de la no existencia de una entidad divina, el trato peyorativo hacia las personas de fe es criticable. La inmensa lucidez de Saramago se empañó por la intolerancia. Esa horrible cualidad humana de bloquear el pensamiento diferente. De no escuchar. De no mirar. Sin embargo, en tanto que humana, esa característica no fue exclusiva del autor portugués.
Quizás su reacción, en el ocaso de su vida, no fue más que el péndulo en el punto extremo, a la manera de la dialéctica hegeliana. El propio Saramago comparó su producción literaria, en sus últimos años, con la llama de una vela que gana altura justo antes de apagarse.
Las reacciones de intolerancia sellaron desgraciadamente la historia del mundo, del país y de la provincia. Un ejemplo amargo quedó escrito con sangre desde la Revolución Libertadora en adelante, hasta el retorno de la democracia en el ’83.
Cada vez que la sociedad enfrentó cambios estructurales, la tolerancia fue puesta a prueba. Así como ocurrió con la ley de divorcio vincular en el ’87, sucede en estos días con la ley de matrimonio de personas del mismo sexo. Esta vez, como entonces, se trata de atender normativamente un aspecto de la realidad civil, inocultable e innegable.
Difícilmente sean tolerantes las consideraciones acerca de que la homosexualidad es una "patología que se puede curar con tratamientos psiquiátricos". Sería tanto como imponer entrenamiento forzoso para que los zurdos se vuelvan diestros, como ocurría hace algunos años.
A favor o en contra del matrimonio gay, con absoluta libertad de conciencia, se presenta en este debate una inmensa oportunidad de ejercer la tolerancia. Sin violencia, con firmeza de convicciones, pero fundamentalmente con respeto hacia el pensamiento distinto.
