El funcionario de alto rango cometió una infidencia al decir que durante sus años de carrera universitaria se trasladaba en bicicleta desde su casa paterna en Santa Lucía hasta la Universidad Católica. Confesó que tenía un par de jeans, "los de salir y los de diario". Como cualquier pibe de barrio, hijo de una familia en que la plata no sobra. El asunto, lejos de quedar grabado en la memoria como algo negativo o vergonzante, brotó con orgullo.

Hacía instantes nada más un periodista le había pasado el dato al funcionario acerca de una familia que vivía debajo de una lona en un departamento alejado. Asintió con la cabeza y asumió el compromiso de averiguar acerca del caso para darle respuesta. Entonces fue cuando vino a su mente -y a su palabra- la anécdota de sus días de juventud universitaria.

Dijo que les ofrecieron a los estudiantes que reclamaban por la rebaja del boleto escolar donarles bicicletas a los chicos que no pueden pagar los 70 centavos que cuesta actualmente el pasaje. La propuesta fue rechazada.

Nada exime al Estado de cumplir con su responsabilidad de garantizar la Educación. La política de transporte público es parte indelegable de aquella obligación. Sin embargo, la negativa de las bicicletas puesta en contraste con la experiencia personal del funcionario dejó otra línea que leer. Tal vez, un cambio cultural. Un quiebre todavía difícil de interpretar con claridad. Pero notorio a simple vista.

Esa fractura que hizo que con el tiempo, ante igual situación -la escasez de recursos- las estrategias familiares fuesen mutando. De la creatividad para moverse, subsistir y porqué no progresar, a la costumbre del reclamo acompañado del piquete, de probada eficacia. A fin de cuentas, detrás de cada corte de calle hubo respuesta oficial para quejas que llevaban tiempo por vía administrativa sin ser escuchadas. Sobran los ejemplos, pero vale citar el de la escuela del Barrio Parque Industrial, en Chimbas, donde los estudiantes forzaron la designación de un portero con esta metodología.

Idéntica forma de reclamo se trasladó a distintos ámbitos. El pedido de viviendas no fue la excepción, desde aquellos años ’80 en que surgió la costumbre de instalar la familia debajo de alguno de los puentes de la Avenida de Circunvalación como forma de presión. Luego en los años ’90 vinieron los asentamientos en terrenos usurpados o en predios del ferrocarril, modalidad alentada oficialmente por el Plan Arraigo. La historia dirá la forma que marcó esta primera década del año 2000.

¿Y la bici? La bici quedó apoyada sobre la pared.