La situación de Grecia puede describirse con mucha sencillez. En el fondo, un país que produce poco, vende menos, está atado a los rigores de una moneda dura propia de otro estándar y venía viviendo como si fuera Alemania. Cuando se dice “venía” es porque su condición actual, limítrofe con el caos total, no es novedad, la viene arrastrando desde hace 6 años. Veamos. Este país es un peñón rocoso con apenas el 20% de superficie cultivable y una de las costas más extensas. Su pueblo tiene una bien ganada fama en la historia por sus tácticas militares y su disciplina, con base en la práctica metódica de la gimnasia. Eso le hizo conquistar muchos otros pueblos, hacerse de esclavos y permitir que sus ciudadanos especularan sobre ciencias, artes y filosofía.
Su superficie es apenas un tercio mayor que la de San Juan pero soporta 11 millones de habitantes que antes de la crisis gozaban de uno de los más altos niveles de vida del mundo con un ingreso por persona de más de 25 mil dólares anuales. Argentina lucha por llegar a los 10 mil. Una economía concentrada en los servicios que representan el 85% de su “riqueza” dejando sólo el 12% para la industria, el turismo y los astilleros. Un 3% de producción primaria dividida en algo de agricultura y mucha pesca. Los que más o menos salvan las papas son los más de 17 millones de turistas que llegan por temporada, para colmo, con tendencia descendente en los últimos años.
Comprensible porque quien llega a descansar y disfrutar, se encuentra con momentos de tensión a diario. En claro desafío a la confianza de sus amigos de la zona, durante varios años Grecia creó instrumentos que le permitieron esconder sus deudas, con lo cual consiguió burlar el acuerdo de la Unión Europea que había fijado un límite máximo de déficit del 3%. La crisis mundial de 2008 obligó a hacer “piedra libre” a todos los que estaban escondidos y para Grecia la cosa fue grave. En 2011 se ajustó su déficit fiscal a la escalofriante cifra del 13.6% de su PBI. El segundo más alto del mundo.
De cada 100 euros que gastaba el Estado necesitaba que le prestaran 14 cada año. Ya para 2010, cada griego debía el 20% más de lo que ganaba en todo un año, su deuda equivalía a 120% de su Producto Bruto Interno. A todo deudor se le puede hacer un plan de pago y así lo hizo un conjunto de países con la condición de que se mantuviera el déficit bajo control. El resultado es conocido, la gente se opuso a admitir que se había terminado la fiesta y había que comenzar a pagarla. Del otro lado, los gobiernos de los países que llegaron al rescate, debían poner la cara ante sus contribuyentes para convencerlos de la conveniencia de pagar más impuestos para que los griegos siguieran viviendo bien.
En 2010 se arrojó un salvavidas de urgencia pero en 2011 hubo que lanzar otro el 40% más grande. La paciencia comenzó a agotarse y los guardavidas percibieron, y siguen percibiendo, que el pueblo griego los considera agresores, así lo viene expresando en las sucesivas elecciones y tal vez lo vuelva a decir en el referéndum de hoy. Otro problema es que Grecia ejerce influencia financiera decisiva en países vecinos más pobres como Albania, Bulgaria, Rumania y Serbia. Parece gracioso, pero en ellos es el principal inversor.
SIMILITUDES
¿Similitudes y diferencias con Argentina? Algunas. Lo de haberse encadenado a una moneda de otro nivel es análogo, lo de intentar vivir por encima de las posibilidades de su economía también, pero aparecen grandes diferencias. Una, que nosotros teníamos comida propia para sostenernos y exportar miles de toneladas en época de buenos precios.
Otra, si bien con una relación uno a uno con el dólar, no habíamos abandonado del todo nuestra moneda, lo que permitía volver a emitir con sólo un decreto que cambiara la paridad. La liquidación del “petróleo verde” nos permitió aislarnos y salir en un tiempo relativamente reducido. La soja y otros granos fueron nuestra verdadera moneda y un cimiento sólido para potenciar otras exportaciones.
No es el caso de Grecia que prácticamente no tiene bienes transables imprescindibles para otros ni cantidad suficiente para vender. En lo demás, la combinación mortal de deuda elevada, altísimo déficit fiscal y caída constante de la actividad es un círculo perverso difícil de romper. Una deuda muy elevada impide cancelar los intereses, los prestamistas se cansan de poner la cara ante sus ahorristas y aparece el default. Remedio doloroso porque, al declararlo, los bancos cerrarán la canilla y como se sigue acarreando déficit, jubilados y empleados más temprano que tarde dejarán de cobrar. Por otra parte los bancos tienen la deuda griega registrada como activo en sus balances y una vez que su repudio se oficialice deberá figurar como pasivo incobrable. Pérdida neta para ahorristas que se asustan, tienden a sacar la parte restante de su dinero, inducen a otros a no invertir, se reducen depósitos, préstamos y la economía se contrae. Grecia perdió en los últimos años el 35% de su PBI y el temor de contagio de este virus que por ahora está aislado comienza a cundir por toda Europa. Es como un callejón sin salida en el que lo único posible es estrellarse. Pedir más dinero prestado sólo prolongará la agonía. Salir del sistema y volver a una moneda propia, que no tendría respaldo real en exportaciones, implicaría un ajuste con caída libre del poder adquisitivo. No tendrá una moneda convertible y se reducirá aún más su comercio internacional. El final para San Juan. La eventual expansión de la tragedia griega podría hacer que los inversores volvieran la mirada a los metales preciosos, como siempre ocurre en tormentas o mares turbios. Oro y plata podrían volver a ser objeto de demanda, subir su precio y reactivar nuestros proyectos mineros, hoy en una delgada línea de equilibrio.
