Vida cotidiana. Es lo que Gioja le ha provisto al sanjuanino medio durante 12 años. Llegar a casa del trabajo o la changa, prender la luz, que salga agua por la canilla y gas por los quemadores parecen cosas mínimas pero son grandes avances de los que no disponían mi abuelo jachallero ni la mayoría hace sólo un par de siglos. Nuestros antecesores originarios, morrillos, ansilta, huarpes, salían de sus villorios desconociendo si volvían y, en caso de hacerlo, si cazarían ese guanaco que necesitaban o si conseguirían la quinoa silvestre para su alimento. No es poca cosa la vida cotidiana porque nos regala una base para pensar en el futuro. Es más, nos ha convencido de que el futuro es tan real como el presente, a punto tal que a veces somos arrogantes y tomamos un crédito a 15 años para comprar la casita. Un San Juan que eligió o soportó 175 gobernadores antes de 200 años de independencia, careció de ese mínimo de previsibilidad, de un cimiento sólido de tranquilidad, paz social y desarrollo económico que le permitiera construir proyectos aunque más no fuera de mediano plazo. Si quitamos del promedio los 19 años de Benavídez y los 12 de Gioja, apenas si nos queda un año por cada jefe. Esa anarquía tuvo consecuencias. De haber estado entre las provincias fundadoras, de haber mandado a dos de sus hijos a jurar (como diría Borges, aquello que desconocían) la Argentina, San Juan fue perdiendo espacio tanto en la generación y distribución de la riqueza del país como en el protagonismo político en la toma de decisiones. Otra cosa que Gioja le ha devuelto, así como la derivación natural de la recuperación de la autoestima de saber que se puede. ¡Pero, ojo! La vida cotidiana tiene sus riesgos, el principal es caer en la rutina, hacer todos los días lo mismo, conformarse con lo que se tiene, incurrir en el pecado del aburrimiento que suele atacar a veces a algunas parejas por falta de proyectos. No fue el caso de Gioja. El primer mandato fue alentado por la idea de la Segunda Reconstrucción, recordando como primera la que ocurrió luego del gran terremoto del 44. El gran emblema fue el Centro Cívico, edificio que había quedado trunco, para nuestra vergüenza, durante varias décadas. En el segundo identificó otros problemas y apuntó a nuevas necesidades y anclajes de riqueza, el principal, la consolidación de la gran minería. El tercero lo concentró en el aprovechamiento energético y con toda la voluntad puesta aquí y del otro lado de la cordillera para el túnel del Paso de Agua Negra. "Si es necesario voy a meter un taladro en la cordillera", recordamos. Para adelante, porque ciertamente pensó en el cuarto, venían el segundo anillo de circunvalación, el camino interlagos de los cuatro diques, el aprovechamiento de energías solar y geotérmica, un gran parque del bicentenario desde el Pinar hasta Zonda y otros proyectos que denotaban que la pila no se había agotado y menos la voluntad de trabajo. Vida cotidiana sin rutina, el esquema perfecto para el filósofo Santiago Kovadlof, de quien tomo la metáfora. Una condición que tal vez no sea racionalizada por el sanjuanino medio pero que, al vivirla, la intuye al punto de justificar, sin saber por qué, un apoyo emocional que le hubiera garantizado otro éxito electoral con más del 60 por ciento. Ese comprovinciano desea seguir llegando a su casa y encontrar que la luz encienda, que quien cocine tenga los elementos para dar de comer a sus hijos y mandarlos a la escuela, que no haya huelgas como no las ha habido en todos estos años, que permanezcan la paz social, el orden y, como se dice vulgarmente, que las cosas funcionen. Gioja consiguió el ideal de vida cotidiana sin rutina, cimientos sólidos y proyectos nuevos. Gran desafío para el reemplazante.
